ESCUELA DE ORACIÓN DE JUAN PABLO II
"TOTUS TUUS"
ENCUENTRO 8 - PRIMER DOMINGO DEL MES
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MATERIAL DE
APOYO PARA REFLEXIONES, MEDITACIONES Y ORACIONES, PERSONALES Y/O
COMUNITARIAS
Para el Suscriptor de "El Camino de María"
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«Nuestras
comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas “Escuelas
de Oración”» (Juan Pablo II)
MEDITACIÓN
LA CUARESMA ES UNA LLAMADA
URGENTE DEL SEÑOR A LA RENOVACIÓN INTERIOR, EN LA ORACIÓN Y EN LA
VUELTA A LOS SACRAMENTOS
Conviene que vuestras
comunidades eclesiales tomen parte en las “Campañas de Cuaresma”; os
ayudarán así a orientar el ejercicio de vuestro espíritu de penitencia
compartiendo lo que vosotros poseéis con los que tienen menos o que no
tienen nada. ¿Podéis vosotros quedaros todavía ociosos en la plaza
porque nadie os ha invitado a trabajar? La obra de la caridad
cristiana necesita obreros; la Iglesia os llama. No esperéis a que sea
muy tarde para socorrer a Cristo que está en la cárcel o sin vestidos,
a Cristo que es perseguido o está refugiado, a Cristo que tiene hambre
o está sin vivienda. Ayudad a nuestros hermanos y hermanas que no
tienen el mínimo necesario para poder llegar a una auténtica promoción
humana..." (1979).
El espíritu de
penitencia y su práctica nos conducen a desprendernos sinceramente de
todo lo que poseemos de superfluo, y a veces incluso de lo necesario,
y que nos impide “ser” verdaderamente lo que Dios quiere que seamos:
«donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 21). ¿Está
nuestro corazón apegado a las riquezas materiales, al poder sobre los
demás, a las sutilezas egoístas de dominio? En tal caso tenemos
necesidad de Cristo Liberador Pascual que, si lo queremos, puede
liberarnos de las ataduras de pecado que nos atenazan..." (1980).
La Cuaresma es un tiempo de verdad. En
efecto, el cristiano, invitado por la Iglesia a la oración, a la
penitencia y al ayuno, a despojarse de sí mismo interior y
exteriormente, se coloca ante su Dios y se reconoce, se descubre de
nuevo. «Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te
convertirás» (palabras de imposición de la ceniza). Acuérdate, hombre,
de que no eres llamado solamente a las realidades de los bienes
terrestres y materiales que pueden desviarte de lo esencial.
Acuérdate, hombre, de tu vocación primordial: vienes de Dios y vuelves
a Dios, yendo hacia la resurrección que es el camino trazado por
Cristo. «El que no toma su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser
mi discípulo» (Lc 14, 27). Tiempo de verdad, que convierte, da
esperanza –volviendo a poner todo en su justo lugar– calma y hace
nacer el optimismo.
(1981).
Se nos ha dado el tiempo
litúrgico de la Cuaresma, en y por la Iglesia, con el fin de
purificarnos del resto de egoísmo, de apego excesivo a los bienes,
materiales o de cualquier otra clase, que nos mantienen distanciados
de los que tienen derechos sobre nosotros, principalmente de aquellos
que, físicamente cercanos o distantes de nosotros, no tienen la
posibilidad de vivir la dignidad de sus vidas de hombres y mujeres,
creados por Dios a su imagen y semejanza. Por consiguiente, dejaos
imbuir del espíritu de penitencia y conversión, que es espíritu de
amor y participación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, estad cerca de
los despojados y heridos, y de los que el mundo ignora y rechaza.
Participad en todo aquello que se realiza en vuestra Iglesia local, a
fin de que los cristianos y los hombres de buena voluntad procuren a
cada uno de sus hermanos los medios, aun materiales, de vivir con
dignidad y de tomar ellos mismos bajo su responsabilidad su promoción
humana y espiritual, y la de sus familias..." (1982).
La Cuaresma es
verdaderamente una llamada urgente del Señor a la renovación
interior, personal y comunitaria, en la oración y en la vuelta a los
sacramentos, pero también una manifestación de caridad, a través de
los sacrificios personales y colectivos de tiempo, dinero y bienes de
todo género, para subvenir a las necesidades y miserias de nuestros
hermanos del mundo entero. Compartir es un deber al que los hombres de
buena voluntad, y sobre todo los discípulos de Cristo, no pueden
sustraerse. Las maneras de compartir pueden ser múltiples, desde el
voluntariado con el que se ofrecen servicios con una espontaneidad
verdaderamente evangélica: desde los donativos generosos y aun
repetidos, sacados de lo superfluo y tal vez de lo necesario, hasta el
trabajo propuesto al parado o al que está en situación de perder toda
esperanza..." (1983).
Cristo
sufre igualmente con los que están legítimamente hambrientos de
justicia y de respeto hacia su dignidad humana, con los que son
defraudados en sus libertades fundamentales, con los que están
abandonados o, peor aún, son explotados en su situación de pobreza.
Cristo sufre con los que aspiran a una paz equitativa y general,
cuando ésta es destruida o amenazada por tantos conflictos y por un super-armamento demencial. ¿Es posible olvidar que el mundo está
para construir y no para destruir? En una palabra, Cristo sufre con
todas las víctimas de la miseria material, moral y espiritual.
«Tuve hambre y me disteis de comer...; era forastero, y me
acogisteis; enfermo y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme»
(Mt 25, 35-36). Estas palabras serán dirigidas a cada uno de
nosotros el día del Juicio. Pero desde ahora ya nos interpelan y nos
juzgan..."
(1984).
Tengo compasión de la
muchedumbre (Mc 8, 2), dijo Jesús antes de multiplicar los
panes para alimentar a quienes le seguían desde hacía tres días para
escuchar su palabra. El hambre del cuerpo no es la única que padece la
humanidad; tantos de nuestros hermanos y hermanas tienen también
hambre y sed de dignidad, de libertad, de justicia, de alimento para
su inteligencia y su alma; hay también desiertos para los espíritus y
los corazones. ¿Cómo manifestar de un modo
concreto nuestra conversión y nuestro espíritu de penitencia en este
tiempo de preparación a la Pascua? ... En los países que sufren el
hambre y la sed, los cristianos participan en las ayudas urgentes y en
las batallas contra las causas de esta catástrofe de las cuales ellos
son víctimas como sus compatriotas. Ayudémosles compartiendo lo
superfluo e incluso lo necesario: esto es precisamente la práctica del
ayuno. Tomemos parte generosamente en las acciones programadas en
nuestras Iglesias locales..." (1985).
El Evangelio nos da la ley de
la caridad, muy bien definida por las palabras y ejemplos constantes
de Cristo, el buen Samaritano. Él nos pide que amemos a Dios y a todos
nuestros hermanos, sobre todo los más necesitados. La caridad, en
verdad, nos purifica de nuestro egoísmo; derriba las murallas de
nuestro aislamiento; abre los ojos y hace descubrir al prójimo que
está a nuestro lado, al que está lejos y a toda la humanidad. La
caridad es exigente pero confortadora, porque es el cumplimento de
nuestra vocación cristiana y nos hace participar en el
Amor del Señor. (1986).
A los hambrientos colmó de
bienes y despidió a los ricos sin nada (Lc 1, 53).
Estas palabras que la Virgen María pronunció en su Magníficat son a la
vez una alabanza a Dios Padre y una llamada que cada uno de nosotros
debe acoger en su corazón y meditar en este tiempo de Cuaresma. María
nos enseña las verdaderas riquezas, las que no pasan, las que vienen
de Dios. Nosotros debemos desearlas, tener hambre de ellas, abandonar
todo lo que es ficticio y pasajero, para recibir estos bienes y
recibirlos en abundancia. Convirtámonos; abandonemos la vieja levadura
(cf. 1 Cor 5, 6) del orgullo y de todo lo que lleva a la
injusticia, al menosprecio, al afán de poseer nosotros dinero y
poder..." (1987).
El tiempo de Cuaresma,
que marca profundamente la vida de todas las comunidades cristianas,
favorece el espíritu de recogimiento, de oración, de escucha de la
Palabra de Dios; estimula la respuesta pronta y generosa a la
invitación que hace el Señor por medio del Profeta: «El ayuno que yo
quiero es éste: partir tu pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a
los pobres que no tienen techo... Entonces clamarás al Señor y Él te
responderá, gritarás y Él te dirá: Aquí Estoy» (Is 58,
6.7.9)..." (1988).
El pan nuestro de cada
día, dánosle hoy (Mt 6, 11). Con esta petición se inicia la
segunda parte de la oración que Jesús mismo enseñó a sus discípulos y
que todos los cristianos repetimos fervorosamente cada día... La fe
debe ir acompañada de obras concretas. Invito a todos para que se tome
conciencia del grave flagelo del hambre en el mundo, para que se
emprendan nuevas acciones y se consoliden las ya existentes a favor de
los que sufren el hambre, para que se compartan los bienes con los que
no tienen, para que se fortalezcan los programas encaminados a la
autosuficiencia alimenticia de los pueblos...«Padre nuestro que estás
en los cielos... el pan nuestro de cada día dánosle hoy», que ninguno
de tus hijos se vea privado de los frutos de la tierra; que ninguno
sufra más la angustia de no tener el pan cotidiano para sí y para los
suyos; que todos solidariamente, llenos del inmenso amor que Tú nos
tienes, sepamos distribuir el pan que tan generosamente Tú nos das;
que sepamos extender la mesa para dar cabida a los más pequeños y más
débiles, y así un día, merezcamos todos participar en tu mesa
celestial..." (1989).
Al comienzo de esta
Cuaresma invoco la abundancia de gracia y de luz que se irradia
del misterio de la Pasión y Resurrección de Cristo, a fin de que cada
una de las personas y de las comunidades eclesiales y religiosas de
toda la Iglesia, encuentren la inspiración y energías necesarias para
las obras de concreta solidaridad en favor de los hermanos y hermanas
refugiados y exiliados; y así éstos, confortados por la fraterna ayuda
y el interés de los demás, encuentren fuerza y esperanza para
proseguir en su fatigoso camino..." (1990).
En este tiempo de
Cuaresma volvemos a dirigirnos a Dios rico en Misericordia, fuente de
todo buen para pedirle que cure nuestro egoísmo, nos dé un corazón
nuevo y un espíritu nuevo. La Cuaresma y el tiempo pascual nos sitúan
ante la actitud de total identificación de Nuestro Señor Jesucristo
con los pobres. El Hijo de Dios, que se hizo pobre por amor
nuestro, se identifica con aquellos que sufren, lo cual está expresado
claramente en sus propias palabras: «Cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis» (Mt
25, 40)..." (1991).
En
actitud orante y comprometida hemos de escuchar atentamente aquellas
palabras: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20). Sí,
es el mismo Señor quien llama dulcemente al corazón de cada uno, sin
forzarnos, esperando pacientemente que le abramos la puerta para que
Él pueda entrar y sentarse a la mesa con nosotros. Pero, además, nunca
debemos olvidar que –según el mensaje central del Evangelio– Jesús
llama desde cada hermano, y nuestra respuesta personal servirá de
criterio para ponernos a Su derecha con los bienaventurados, o a Su
izquierda con los desdichados: «Tuve hambre... tuve sed... era
forastero... estaba desnudo... enfermo... en la cárcel» (cf. Mt
25, 34 ss.)..." (1992).
Tengo sed (Jn 19, 28) .
Queridos hermanos y hermanas, os invito, durante la Cuaresma, a
meditar la Palabra de vida dejada por Cristo a su Iglesia para que
ilumine el camino de cada uno de sus miembros. Reconoced la Voz de
Jesús que os habla, especialmente en este tiempo de Cuaresma, en la
Iglesia, en las celebraciones litúrgicas, en las exhortaciones de
vuestros pastores. Escuchad la voz de Jesús que, fatigado y sediento,
dice a la Samaritana junto al pozo de Jacob: «Dame de beber»
(Jn 4, 7). Contemplad a Jesús clavado en la Cruz, agonizante, y
escuchad su voz apenas perceptible: «Tengo sed» (Jn
19, 28). Hoy Cristo repite su petición y revive los tormentos de su
agonía en nuestros hermanos los más pobres..."
(1993).
La familia está al servicio de la
caridad, la caridad está al servicio de la familia En los
momentos particularmente difíciles por los que atraviesa nuestro
mundo, pedimos que las familias, a ejemplo de María que se apresuró a
visitar a su prima Isabel, sepan hacerse cercanas a los hermanos que
padecen necesidad y que les encomienden en sus oraciones. Como el
Señor, que cuida de los hombres, que también nosotros podamos decir:
«He visto la aflicción de mi pueblo, sus gritos han llegado hasta mí»
(1 Sam 9, 16); nosotros no podemos permanecer sordos a sus llamadas,
pues la pobreza de un número cada vez más creciente de hermanos
nuestros destruye su dignidad de hombre y desfigura a la humanidad
entera: es una injuria al deber de solidaridad y de justicia..."
(1994)
El
Espíritu del Señor... me ha ungido... para anunciar a los pobres la
Buena Nueva, me ha enviado a proclamar... la vista a los ciegos (Lc
4, 18). En el tiempo de Cuaresma deseo reflexionar con
todos vosotros sobre un mal oscuro que priva a un gran número de
pobres de muchas posibilidades de progreso, de superación de la
marginación y de una verdadera liberación. Estoy pensando en el
analfabetismo ... Esta terrible plaga contribuye a mantener inmensas
multitudes en condiciones de subdesarrollo, con todo lo que ello
comporta de escandalosa miseria. Numerosos testimonios provenientes de
los diversos continentes, así como lo que yo he podido constatar
durante mis viajes apostólicos, confirman mi convicción de que allí
donde existe el analfabetismo reinan más que en otras partes del mundo
el hambre, las enfermedades, la mortalidad infantil y también la
humillación, la explotación y los sufrimientos de todo tipo..." (1995)
Dadles
vosotros de comer (Mt 14, 16) . El Evangelio evidencia que
el Redentor manifiesta singular compasión por cuantos están en
dificultad; les habla del Reino de Dios y sana en el cuerpo y en el
espíritu a cuantos tienen necesidad de curas. Luego dice a sus
discípulos: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos se dan cuenta que
no tienen mas que cinco panes y dos peces. También nosotros hoy, como
entonces los Apóstoles en Betsaida, disponemos de medios ciertamente
insuficientes para atender con eficacia a los cerca de ochocientos
millones de personas hambrientas o desnutridas que luchan todavía por
su supervivencia. ¿Qué hacer entonces? ¿Dejar las cosas como
están, resignándonos a la impotencia? Este es el interrogante sobre el
cual quiero llamar la atención en el inicio de la Cuaresma, de todo
fiel y de la entera comunidad eclesial. La muchedumbre de hambrientos,
constituida por niños, mujeres, ancianos, emigrantes, prófugos y
desocupados eleva hacia nosotros su grito de dolor. Nos imploran,
esperando ser escuchados. ¿Cómo no hacer atentos nuestros oídos y
vigilantes nuestros corazones, comenzando a poner a disposición
aquellos cinco panes y aquellos dos peces que Dios ha depositado en
nuestras manos? Todos podemos hacer algo por ellos, llevando a cada
uno la propia aportación. Ciertamente esto exige renuncias, que
suponen una interior y profunda conversión. Es necesario, sin duda,
revisar los comportamientos consumistas, combatir el hedonismo,
oponerse a la indiferencia y a eludir las responsabilidades..."
(1996)
Venid,
benditos de mi Padre, porque estaba sin casa y me alojasteis
(cf. 25,34-35). Del Amor de Dios aprende el cristiano a socorrer al
necesitado, compartiendo con él los propios bienes materiales y
espirituales. Esta solicitud no representa sólo una ayuda material
para quien está en dificultad, sino que es también una ocasión de
crecimiento espiritual para el mismo que la practica, que así se ve
alentado a despegarse de los bienes terrenos. En efecto, existe una
dimensión más elevada, indicada por Cristo con su ejemplo: "El Hijo
del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8, 20). De este
modo Él quería expresar su total disponibilidad hacia el Padre
celestial, cuya voluntad deseaba cumplir sin dejarse atar por la
posesión de los bienes terrenos, pues existe el peligro constante de
que en el corazón del hombre las realidades terrenas ocupen el lugar
de Dios (...) La Cuaresma es, pues, una ocasión providencial para
llevar a cabo ese desapego espiritual de las riquezas para abrirse así
a Dios, hacia el Cual el cristiano debe orientar toda la vida,
consciente de no tener morada fija en este mundo, porque "somos
ciudadanos del cielo" (Flp. 3, 20). En la celebración del misterio
pascual, al final de la Cuaresma, se pone de relieve cómo el camino
cuaresmal de purificación culmina con la entrega libre y amorosa de sí
mismo al Padre. Este es el camino por el que el discípulo de Cristo
aprende a salir de sí mismo y de sus intereses egoístas para encontrar
a los hermanos con el amor..."
(1997).
Venid, benditos de mi Padre,
porque era pobre y marginado, y me habéis acogido
(cf. Mt 25,34-36) .
Todo cristiano está llamado a compartir
las penas y las dificultades del otro, en el cual Dios mismo se
encuentra oculto. Pero el abrirse a las necesidades del hermano
implica una acogida sincera, que sólo es posible con una actitud
personal de pobreza de espíritu. En efecto, no hay únicamente una
pobreza de signo negativo. Hay también una pobreza que es bendecida
por Dios. El Evangelio la llama "dichosa" (cf. Mt 5,3). Gracias a
ella el cristiano reconoce que la propia salvación proviene
exclusivamente de Dios y, al mismo tiempo, se hace disponible para
acoger y servir a los hermanos, a los que considera "superiores a sí
mismo" (Fl 2,3). La pobreza espiritual es fruto del corazón nuevo
que Dios nos da; en el tiempo de Cuaresma, este fruto debe madurar
en actitudes concretas, tales como el espíritu de servicio, la
disponibilidad para buscar el bien del otro, la voluntad de comunión
con el hermano, el compromiso de combatir el orgullo que nos impide
abrirnos al prójimo..."
(1998).
El
Señor preparará un banquete para todos los pueblos
(cf. Is 25, 6) . Estas palabras, que inspiran el presente mensaje
cuaresmal, nos llevan a reflexionar en primer lugar sobre la solicitud
providente del Padre celestial por todos los hombres. Ésta se
manifiesta ya en el momento de la creación, cuando “vio Dios cuanto
había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31), y se confirma después
en la relación privilegiada con el pueblo de Israel, elegido por Dios
como pueblo suyo para llevar adelante la obra de la salvación.
Finalmente, esta solicitud providente alcanza su plenitud en
Jesucristo: en Él la bendición de Abraham llega a los gentiles y
recibimos la promesa del Espíritu Santo mediante la fe (cf. Ga 3,
14)... La Cuaresma es el tiempo propicio para expresar sincera
gratitud al Señor por las maravillas que ha hecho en favor del hombre
en todas las épocas de la historia y, de modo particular, en la
Redención, para la cual no perdonó ni a su propio Hijo (cf. Rm 8,
32)..."
(1999).
Yo
estaré con vosotros hasta el fin del mundo
(cf. Mt 28,20) . Estas palabras de Jesús nos aseguran que no estamos
solos cuando anunciamos y vivimos el evangelio de la caridad. En esta
Cuaresma del Año 2000 Él nos invita a volver al Padre, que nos espera
con los brazos abiertos para transformarnos en signos vivos y eficaces
de su amor misericordioso. A María, Madre de todos los que sufren y
Madre de la divina misericordia, confiamos nuestros propósitos e
intenciones; que Ella sea la estrella que nos ilumine en el camino del
nuevo milenio. Con estos deseos, invoco sobre todos la bendición de
Dios, Uno y Trino, principio y fin de todas las cosas, a Él “hasta el
fin del mundo” se eleva el himno de bendición y alabanza: “Por Cristo,
con Él y en él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
Amén”.
(2000).
La caridad no toma en cuenta el mal (1 Cor
13,5) . En esta expresión de la primera Epístola a los Corintios,
el apóstol Pablo recuerda que el perdón es una de las formas más
elevadas del ejercicio de la caridad. El periodo cuaresmal
representa un tiempo propicio para profundizar mejor sobre la
importancia de esta verdad. Mediante el Sacramento de la
Reconciliación, el Padre nos concede en Cristo su perdón y esto nos
empuja a vivir en la caridad, considerando al otro no como un
enemigo, sino como un hermano.
Que este tiempo de
penitencia y de reconciliación anime a los creyentes a pensar y a
obrar bajo la orientación de una caridad autentica, abierta a todas
las dimensiones del hombre. Esta actitud interior los conducirá a
llevar los frutos del Espíritu (cfr Gal 5, 22) y a ofrecer,
con corazón nuevo, la ayuda material a quien se encuentra en
necesidad. Un corazón reconciliado con Dios y con el prójimo es un
corazón generoso. En los días sagrados de la Cuaresma la "colecta"
asume un valor significativo, porque no se trata de dar lo que nos
es superfluo para tranquilizar la propia conciencia, sino de hacerse
cargo con solidaria solicitud de la miseria presente en el mundo.
Considerar el rostro doliente y las condiciones de sufrimiento de
muchos hermanos y hermanas no puede no impulsar a compartir, al
menos parte de los propios bienes, con aquellos que se encuentran en
dificultad. Y la ofrenda de Cuaresma resulta todavía más rica, si quien la cumple se ha librado del resentimiento y de la
indiferencia, obstáculos que alejan de la comunión con Dios y con
los hermanos..." (2001).
Gratis lo
recibisteis; dadlo gratis (Mt 10, 8) Que estas
palabras del Evangelio resuenen en el corazón de toda comunidad
cristiana en la peregrinación penitencial hacia la Pascua. Que
la Cuaresma, llamando la atención sobre el misterio de la muerte
y resurrección del Dios, lleve a todo cristiano a asombrarse
profundamente ante la grandeza de semejante don. ¡Sí! Gratis
hemos recibido. ¿Acaso no está toda nuestra existencia marcada
por la benevolencia de Dios? Es un don el florecer de la vida y
su prodigioso desarrollo. Precisamente por ser un don, la
existencia no puede ser considerada una posesión o una propiedad
privada, por más que las posibilidades que hoy tenemos de
mejorar la calidad de vida podrían hacernos pensar que el hombre
es su “dueño”. Efectivamente, las conquistas de la medicina y la
biotecnología pueden en ocasione inducir al hombre a creerse
creador de sí mismo y a caer en la tentación de manipular “el
árbol de la vida” (Gn 3, 24) .
(2002).
Hay mayor felicidad en
dar que en recibir (Hechos 20, 35) . No se
trata de un simple llamamiento moral, ni de un mandato que
llega al hombre desde fuera. La inclinación a dar está
radicada en lo más hondo del corazón humano: toda persona
siente el deseo de ponerse en contacto con los otros, y se
realiza plenamente cuando se da libremente a los demás. El
creyente experimenta una profunda satisfacción siguiendo
la llamada interior de darse a los otros sin esperar
nada. El esfuerzo del cristiano por promover la justicia,
su compromiso de defender a los más débiles, su acción
humanitaria para procurar el pan a quién carece de él, por
curar a los enfermos y prestar ayuda en las diversas
emergencias y necesidades, se alimenta del particular e
inagotable tesoro de amor que es la entrega total de Jesús
al Padre. El creyente se siente impulsado a seguir las
huellas de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre que,
en la perfecta adhesión a la voluntad del Padre, se
despojó y humilló a sí mismo, (cf. Flp 2,6 ss),
entregándose a nosotros con un amor desinteresado y total,
hasta morir en la cruz. Desde el Calvario se difunde de
modo elocuente el mensaje del amor trinitario a los seres
humanos de toda época y lugar. (2003)
El que
reciba a un niño como éste en mi nombre, a Mí me
recibe
(Mt 18,5) . Jesús amó a los niños y fueron sus
predilectos “por su sencillez, su alegría de
vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro”
(Ángelus, 18.12.1994). Ésta es la razón por la
cual el Señor quiere que la comunidad les abra el
corazón y los acoja como si fueran Él mismo:
“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a
mí me recibe” (Mt 18,5). Junto a los
niños, el Señor sitúa a los “hermanos más
pequeños”, esto es, los pobres, los necesitados,
los hambrientos y sedientos, los forasteros, los
desnudos, los enfermos y los encarcelados.
Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con
indiferencia y rechazarlos, es como si se hiciera
lo mismo con Él, ya que Él se hace presente de
manera singular en ellos. El Evangelio narra la
infancia de Jesús en la humilde casa de Nazareth,
en la que, sujeto a sus padres, “progresaba en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y
ante los hombres” (Lc 2,52). Al hacerse
niño, quiso compartir la experiencia humana.
“Se despojó de sí mismo – escribe el Apóstol
San Pablo –, tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo
en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”
(Flp 2,7-8). Cuando a la edad de doce años
se quedó en el templo de Jerusalén, mientras sus
padres le buscaban angustiados, les dijo: “¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar
en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49).
Ciertamente, toda su existencia estuvo marcada por
una filial sumisión al Padre.
“Mi alimento – decía – es hacer la voluntad
del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”
(Jn 4,34). (2004)
En Él está tu vida, así como la
prolongación de tus días (Dt 30,20).
Son palabras que
Moisés dirige al pueblo invitándolo a
estrechar la alianza con el Señor en
el país de Moab, “Escoge la vida,
para que vivas, tú y tu descendencia,
amando al Señor tu Dios, escuchando su
voz, viviendo unido a Él” (Dt
30, 19-20). La fidelidad a esta
alianza divina, constituye para Israel
una garantía de futuro, “mientras
habites en la tierra que el Señor juró
dar a tus padres Abrahán, Isaac y
Jacob” (Dt 30,20). Llegar a
la edad madura es, en la visual
bíblica, signo de la bendición y de la
benevolencia del Altísimo. La
longevidad se presenta de este modo,
como un especial don divino. Desearía
que durante la Cuaresma pudiéramos
reflexionar sobre este tema. Ello nos
ayudará a alcanzar una mayor
comprensión de la función que las
personas ancianas están llamadas a
ejercer en la sociedad y en la
Iglesia, y, de este modo, disponer
también nuestro espíritu a la
afectuosa acogida que a éstos se debe.
En la sociedad moderna, gracias a la
contribución de la ciencia y de la
medicina, estamos asistiendo a una
prolongación de la vida humana y a un
consiguiente incremento del número de
las personas ancianas. Todo ello
solicita una atención más específica
al mundo de la llamada "tercera edad”,
con el fin de ayudar a estas personas
a vivir sus grandes potencialidades
con mayor plenitud, poniéndolas al
servicio de toda la comunidad. El
cuidado de las personas ancianas,
sobre todo cuando atraviesan momentos
difíciles, debe estar en el centro de
interés de todos los fieles,
especialmente de las comunidades
eclesiales de las sociedades
occidentales, donde dicha realidad se
encuentra presente en modo
particular..." (2005)
Oh María, Tú que has
recorrido
el camino de la Cruz junto con tu Hijo,
quebrantada por el dolor en tu Corazón de Madre,
pero recordando siempre el "fiat"
e íntimamente confiada en que Aquél para quien nada es imposible
cumpliría sus promesas, suplica para nosotros y para los hombres
de las generaciones futuras la gracia del abandono en el Amor de
Dios.
Haz que, ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba,
por dura y larga que sea, jamás dudemos de su Amor.
A Jesús, Tu Hijo, todo honor y toda gloria por los siglos de
los siglos. R/.Amén.
ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
“Mane nobiscum, Domine!”
Como los dos discípulos
del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate con
nosotros!
Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor
de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de
la noche. Ampáranos en el cansancio, perdona
nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes, a
los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos.
Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice
a toda la humanidad.
En la Eucaristía te has hecho
“remedio de inmortalidad”: danos el gusto de una vida
plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como
peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de
la vida sin fin. Quédate con nosotros, Señor! Quédate
con nosotros! Amén.
CONFERENCIA Y ENCUENTROS EN GRUPO “PADRE
NUESTRO”
Reanudando la reflexión
sobre la Oración del Señor, hoy utilizaremos algunos párrafos del
Mensaje para la Cuaresma de 1989
«El pan
nuestro de cada día, dánosle hoy» (Mt 6, 11). Con esta
petición se inicia la segunda parte de la oración que Jesús mismo
enseñó a sus discípulos y que todos los cristianos repetimos
fervorosamente cada día... La fe debe ir acompañada de obras
concretas. Invito a todos para que se tome conciencia del grave
flagelo del hambre en el mundo, para que se emprendan nuevas acciones
y se consoliden las ya existentes a favor de los que sufren el hambre,
para que se compartan los bienes con los que no tienen, para que se
fortalezcan los programas encaminados a la autosuficiencia alimenticia
de los pueblos...«Padre nuestro que estás en los cielos... el pan
nuestro de cada día dánosle hoy», que ninguno de tus hijos se vea
privado de los frutos de la tierra; que ninguno sufra más la angustia
de no tener el pan cotidiano para sí y para los suyos; que todos
solidariamente, llenos del inmenso amor que Tú nos tienes, sepamos
distribuir el pan que tan generosamente Tú nos das; que sepamos
extender la mesa para dar cabida a los más pequeños y más débiles, y
así un día, merezcamos todos participar en tu mesa celestial..."
Llenos del Espíritu Santo oremos
a nuestro Padre en el Cielo:
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PATER NOSTER |
Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum. Fiat
voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis
hodie. Et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos
dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in
tentationem: sed libera nos a malo.
Amen. |
Padre nuestro, que estás en
el Cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu
Reino; hágase tu Voluntad, en la tierra como en el Cielo.
Danos hoy nuestro pan de
cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la
tentación y líbranos del mal.
Amén. |
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ORACIÓN
PARA IMPLORAR FAVORES
POR
INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al
Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la
ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del
Espíritu de Amor. Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en
la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús
Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana
ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo. Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que
imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus
santos.
Padrenuestro. Avemaría. Gloria.
Se ruega a quienes obtengan gracias por
intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador
de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni
in Laterano 6/A 00184 ROMA. También puede enviar su testimonio por correo
electrónico a la siguiente dirección:
postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org
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