LA HORA DE LA DIVINA MISERICORDIA
 
 
“En esta Hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión...”
 
"Oh, Sangre y Agua que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como una Fuente de Misericordia para nosotros: En Tí confío." (Diario, 187)
 
“En esa Hora puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa Hora se estableció la gracia para el mundo entero: la Misericordia triunfó sobre la justicia” (Diario, 1572).
 
 
Nuestro Señor le reveló a Santa Faustina las 3:00 pm como la “Hora de la gran Misericordia para el mundo entero”, la hora en que “la Misericordia triunfó sobre la justicia”, invitándola a que en esa hora se “sumergiera” en  Su dolorosa Pasión, rogando por la Misericordia y demás gracias, particularmente para los pecadores.
 
En esta hora es necesario venerar y alabar la Misericordia Divina e implorar las gracias necesarias para todo el mundo, especialmente para los pecadores. Jesús pone tres condiciones para que la oración elevada en la Hora de la Misericordia sea escuchada: a) Debe ser dirigida a Jesús; b) Debe hacerse a las tres de la tarde; c) Debe apoyarse en los méritos de la Pasión de Cristo.
 
A estas condiciones hay que añadir otras tres más, a saber:  a) La oración ha de estar de acuerdo con la Voluntad de Dios; b) La oración debe ser hecha con fe y con perseverancia; c) La oración debe estar  dispuesta a cumplir con el mandamiento del amor activo hacia el prójimo, es decir, la práctica de las obras de misericordia.
 
 
"A las tres, ruega por Mi Misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi Abandono en el momento de Mi Agonía.  Ésta es la Hora de la gran Misericordia para el mundo entero.  Te permitiré penetrar en Mi tristeza mortal.  En esta Hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión" (...) (Diario, 1320)

"Te recuerdo, hija Mía, que cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete totalmente en Mi Misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma.  En esa Hora puedes obtener todo lo que pides para ti y para los demás.  En esa Hora se estableció la gracia para el mundo entero:  la Misericordia triunfó sobre la justicia.  Hija Mía, en esa Hora procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de Misericordia.   Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante.  Exijo el culto a Mi Misericordia de cada criatura,  pero primero de ti, ya que a ti te he dado a conocer este misterio de modo más profundo."  (Diario, 1572)

Oraciones para la Hora de la Misericordia

Jesús, Verdad Eterna, Vida nuestra, Te suplico e imploro Tu Misericordia para los pecadores. Oh Sacratísimo Corazón, Fuente de Misericordia de donde brotan rayos de gracias inconcebibles sobre toda la raza humana. Te pido luz para los  pecadores. Oh Jesús, recuerda Tu Amarga Pasión y no permitas que se pierdan almas redimidas con tan Preciosa, Santísima Sangre Tuya. Oh Jesús, cuando considero el alto precio de Tu Sangre, me regocijo en su inmensidad porque una sola gota es suficiente para salvar a todos los pecadores. Aunque el pecado es un abismo de maldad e ingratitud, el precio pagado por nosotros jamás podrá ser igualado (...) El Cielo y la tierra podrán cambiar, pero jamás se agotará Tu Misericordia. ¡Oh, que alegría arde en mi corazón, cuando contemplo Tu Bondad inconcebible, oh Jesús mío! Deseo traer a todos los pecadores a Tus pies para que glorifiquen Tu Misericordia por los siglos de los siglos. (Diario, 72)

Hoy Jesús me dijo: "Deseo que conozcas más profundamente el Amor que arde en Mi Corazón por las almas y tu comprenderás esto cuando medites Mi Pasión.  Apela a Mi Misericordia para los pecadores, deseo su salvación. Cuando reces esta oración con corazón contrito y con fe por algún pecador, le concederé la gracia de la conversión. Esta oración es la siguiente (Diario, 186):

"Oh, Sangre y Agua que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como una Fuente de Misericordia para nosotros: En Ti confío." (Diario, 187)

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.
Ayúdame a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.
Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mi prójimo sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.
Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.
Ayúdame a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.
Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerrare en Tu Misericordioso Corazón. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio.
Que Tu Misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí. Tú Mismo me mandas ejercitar los tres grados de la misericordia. El primero: la obra de misericordia, de cualquier tipo que sea. El segundo: la palabra de misericordia; si no puedo llevar a cabo una obra de misericordia, ayudaré con mis palabras. El tercero: la oración. Si no puedo mostrar misericordia por medio de obras o palabras, siempre puedo mostrarla por medio de la oración. Mi oración llega hasta donde físicamente no puedo llegar. Oh Jesús mío, transfórmame en Ti, porque Tú puedes hacer todo.
 (Diario, 163)

Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero.  (Diario, 476).

Oh Dios Eterno, en quien la Misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu mirada bondadosa y aumenta Tu Misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu Santa Voluntad, que es el Amor y la Misericordia mismos. Amén. (Diario, 950).

 
Expiraste, Jesús, pero la Fuente de Vida brotó inmensamente para las almas, y el Océano de Misericordia se abrió por todo el mundo. O Fuente de Vida, Oh Misericordia Infinita, abarca el mundo entero y derrámate sobre nosotros. (Diario, 1319).
 
Te saludo, Misericordiosísimo Corazón de Jesús,
Viva Fuente de toda gracia,
Único amparo y refugio nuestro,
En Ti tengo la luz de la esperanza.

Te saludo, Corazón Piadosísimo de mi Dios,
Insondable, viva Fuente de Amor,
De la cual brota la vida para los pecadores,
Y los torrentes de toda dulzura.

Te saludo, Herida abierta del Sacratísimo Corazón,
de la cual salieron los rayos de la Misericordia
Y de la cual nos es dado sacar la vida,
Únicamente con el Recipiente de la confianza.

Te saludo, Inconcebible Bondad de Dios,
Nunca penetrada e insondable,
Llena de Amor y de Misericordia, siempre santa,
Y como una buena madre inclinada sobre nosotros.

Te saludo, Trono de la Misericordia, Cordero de Dios,
Que has ofrecido la vida por mí,
Ante el cual mi alma se humilla cada día,
Viviendo en una fe profunda. 
 
(Diario, 1321).
 
Te saludo, oh Pan de los ángeles,
Con profunda fe, esperanza, amor,
Y de lo profundo del alma Te adoro,
Aunque soy una nulidad.

Te saludo, oh Dios oculto,
Y Te amo con todo el corazón,
No me estorban los velos del misterio,
Te amo como los elegidos en el Cielo.

Te saludo, oh Cordero de Dios,
Que quitas las culpas de mi alma,
A quien acojo en mi corazón cada mañana,
Y Tú me ayudas en mi salvación.
(Diario, 1324. Cracovia, 20-X-1937)

Oraciones a María Santísima, Madre de Misericordia

Encíclica "Veritatis splendor" . 6 de agosto de 1993.

María, 
Madre de Misericordia

cuida de todos para que no se haga inútil 
la Cruz de Cristo, 
para que el hombre 
no pierda el camino del bien, 
no pierda la conciencia del pecado 
y crezca en la esperanza en Dios, 
«rico en Misericordia» (Ef 2, 4), 
para que haga libremente las buenas obras 
que Él le asignó (cf. Ef 2, 10) 
y, de esta manera, toda su vida 
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).

Oración para la Hora de la Misericordia

Oh Jesús, tu Corazón Traspasado es el Océano de infinita Misericordia de donde manan, copiosamente, tu Sangre y Agua. Sangre que libera nuestros pecados. Agua que purifica y vivifica nuestros corazones. Tú eres la Fuente abierta de salvación, en la cual deseamos sumergirnos para ser transformados con el poder redentor de Tu Misericordia. 

Jesús, Tú nos has ofrecido en esta Imagen de tu Corazón Misericordioso revelada a Santa Faustina, un Recipiente por el cual podemos venir a la Fuente de Misericordia para recoger, sin límites, gracias abundantes de conversión, sanación y redención.

¡Oh Jesús, en Ti confío! En Ti confío mi vida entera, mi corazón, mis temores, mis fragilidades, mis sueños y todos mis sufrimientos, los del cuerpo y los más íntimos de mi corazón.

¡En Ti confío, Oh Misericordia Divina! Tú que miras mi debilidad con ojos compasivos; que levantas mi miseria con el poder de Tu Amor; que das vida a mi esterilidad y que confías en mí a pesar de mí mismo.

En Ti confío, Tú que calmas las tempestades del alma y las grandes tormentas que azotan la barca de nuestras vidas, familias, comunidades y naciones.

En Ti confío el pasado que de tantas formas nos aplasta; el presente que nos inquieta y el futuro que tantas veces nos angustia. 

¡Oh Corazón Misericordioso! En Tu Llaga bendita nos escondemos, descubriendo allí nuestro refugio y descanso... nuestra paz. En el inmenso océano de Tu Corazón, nos sumergimos hoy, nosotros pecadores, esperando con confianza el don más hermoso de Tu Amor por la humanidad: Tu Misericordia.

(*) Leída públicamente el 7 de julio, 2003 a las 3:00 PM, en el Santuario de la Divina Misericordia, Cracovia, Polonia

 
Alabanzas a la Divina Misericordia (Diario, 949)
 
El Amor de Dios es la flor, y la Misericordia es el fruto.

Que el alma que duda lea estas consideraciones sobre la Divina Misericordia y se haga confiada.

Misericordia Divina, que brota del seno del Padre, en Ti confío.
Misericordia Divina, supremo atributo de Dios, en Ti confío.
Misericordia Divina, misterio incomprensible, en Ti confío.
Misericordia Divina, fuente que brota del misterio de la Santísima Trinidad, en Ti confío.
Misericordia Divina, insondable para todo entendimiento humano o angélico, en Ti confío.
Misericordia Divina, de donde brotan toda vida y felicidad, en Ti confío.
Misericordia Divina, más sublime que los cielos, en Ti confío.
Misericordia Divina, fuente de milagros y maravillas, en Ti confío.
Misericordia Divina, que abarca todo el universo, en Ti confío.
Misericordia Divina, que baja al mundo en la Persona del Verbo Encamado, en Ti confío.
Misericordia Divina, que manó de la herida abierta del Corazón de Jesús, en Ti confío.
Misericordia Divina, encerrada en el Corazón de Jesús para nosotros, y especialmente para los pecadores, en Ti confío.
Misericordia Divina, impenetrable en la Institución de la Santa Eucaristía, en Ti confío.
Misericordia Divina, en la Institución de la Santa Iglesia, en Ti confío.
Misericordia Divina, en el Sacramento del Santo Bautismo, en Ti confío.
Misericordia Divina, en nuestra justificación por Jesucristo, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos acompaña durante toda la vida, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos abraza especialmente a la hora de la muerte, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos otorga la vida inmortal, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos acompaña en cada momento de nuestra vida, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos protege del fuego infernal, en Ti confío.
Misericordia Divina, en la conversión de los pecadores empedernidos, en Ti confío.
Misericordia Divina, asombro para los ángeles, incomprensible para los Santos, en Ti confío.
Misericordia Divina, insondable en todos los misterios de Dios, en Ti confío.
Misericordia Divina, que nos rescata de toda miseria, en Ti confío.
Misericordia Divina, fuente de nuestra felicidad y deleite, en Ti confío.
Misericordia Divina, que de la nada nos llamó a la existencia, en Ti confío.
Misericordia Divina, que abarca todas las obras de Tus manos, en Ti confío.
Misericordia Divina, corona de todas las obras de Dios, en Ti confío.
Misericordia Divina, en la que estamos todos sumergidos, en Ti confío.
Misericordia Divina, dulce consuelo para los corazones angustiados, en Ti confío.
Misericordia Divina, única esperanza de las almas desesperadas, en Ti confío.
Misericordia Divina, remanso de corazones, paz ante el temor, en Ti confío.
Misericordia Divina, gozo y éxtasis de las almas santas, en Ti confío.
Misericordia Divina, que infunde esperanza, perdida ya toda esperanza, en Ti confío.

Oh Dios Eterno, en Quien la Misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu Mirada bondadosa y aumenta Tu Misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu Santa Voluntad, que es el Amor y la Misericordia. (Diario, 950).

Retablo del Santuario Del Santísimo Cristo De La Agonía.

"A las tres, ruega por Mi Misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi Abandono en el momento de Mi Agonía..."  (Diario, 1320)

"...Hija Mía, en esa Hora procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de Misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante..."


LAS ESTACIONES DE LA AGONÍA DE JESÚS (10, 11 y 12)

MEDITACIONES Y ORACIONES DEL PAPA JUAN PABLO II 

VÍA CRUCIS . VIERNES SANTO 2000 . AÑO SANTO

Señor Jesucristo,
colma nuestros corazones con la Luz de Tu Espíritu Santo,
para que, siguiéndote en Tu último camino,
sepamos cuál es el precio de nuestra redención
y seamos dignos de participar
en los frutos de Tu Pasión, Muerte y Resurrección.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS.

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./.
Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Después de probarlo, no quiso beberlo" (Mt 27,34).

No quiso calmantes, que le habrían nublado la conciencia durante la agonía. Quería agonizar en la Cruz concientemente, cumpliendo la Misión recibida del Padre. Esto era contrario a los métodos usados por los soldados encargados de la ejecución. Debiendo clavar en la cruz al condenado, trataban de amortiguar su sensibilidad y conciencia. En el caso de Cristo no podía ser así. Jesús sabe que Su Muerte en la Cruz debe ser un Sacrificio de Expiación. Por eso quiere mantener despierta la conciencia hasta el final. Sin ésta no podría aceptar, de un modo completamente libre, la plena medida del sufrimiento.

En efecto, Él debe subir a la Cruz para ofrecer el Sacrificio de la Nueva Alianza. Él es Sacerdote. Debe entrar mediante su propia Sangre en la Morada Eterna, después de haber realizado la Redención del mundo (cf. Hb 9, 12). Conciencia y libertad: son los requisitos imprescindibles del actuar plenamente humano. El mundo conoce tantos medios para debilitar la voluntad y ofuscar la conciencia. Es necesario defenderlas celosamente de todas las violencias. Incluso el esfuerzo legítimo por atenuar el dolor debe realizarse siempre respetando la dignidad humana. Hay que comprender profundamente el Sacrificio de Cristo, es necesario unirse a Él para no rendirse, para no permitir que la vida y la muerte pierdan su valor.

ORACIÓN

Señor Jesús,
que con total entrega has aceptado la muerte de Cruz
por nuestra salvación,
haznos a nosotros y a todos los hombres del mundo
partícipes de Tu Sacrificio en la Cruz,
para que nuestro existir y nuestro obrar
tengan la forma de una participación libre y consciente
en tu Obra de Salvación.
A Ti, Jesús, Sacerdote y Víctima,
Honor y Gloria por los siglos.
R./. Amén.


DECIMOPRIMERA ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos" (Sal 21[22], 17-18).

Se cumplen las palabras del profeta. Comienza la ejecución. Los golpes de los soldados aplastan contra el madero de la Cruz las manos y los pies del Condenado. En las muñecas de las manos, los clavos penetran con fuerza. Esos clavos sostendrán al Condenado entre los indescriptibles tormentos de la Agonía. En su Cuerpo y en su espíritu de gran sensibilidad, Cristo sufre lo indecible. Junto a Él son crucificados dos verdaderos malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Se cumple así la profecía: "con los rebeldes fue contado" (Is 53,12).

Cuando los soldados levanten la Cruz, comenzará una Agonía que durará tres horas. Es necesario que se cumpla también esta palabra: "Y Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí" (Jn 12, 32). ¿Qué es lo que "atrae" de este Condenado Agonizante en la Cruz? Ciertamente, la vista de un sufrimiento tan intenso despierta compasión. Pero la compasión es demasiado poco para mover a unir la propia vida a Aquél que está suspendido en la Cruz.

¿Cómo explicar que, generación tras generación, esta terrible visión haya atraído a una multitud incontable de personas, que han hecho de la Cruz el distintivo de su fe? ¿De hombres y mujeres que durante siglos han vivido y dado la vida mirando este signo?

Cristo atrae desde la Cruz con la fuerza del Amor.

Del Amor Divino, que ha llegado hasta del don total de Sí Mismo.

Del Amor Infinito, que en la Cruz ha levantado de la tierra el peso del Cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua.

Del Amor Ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre Misericordioso.

¡Que Cristo Elevado en la Cruz nos atraiga también a nosotros, hombres y mujeres del nuevo milenio! Bajo la sombra de la Cruz, "vivimos en el Amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5,2).

ORACIÓN

Cristo Elevado,
Amor Crucificado,
llena nuestros corazones de Tu Amor,
para que reconozcamos en Tu Cruz
el signo de nuestra redención
y, atraídos por Tus Heridas,
vivamos y muramos Contigo,
que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.
R./. Amén.


DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34).

En el cúlmen de la Pasión, Cristo no olvida al hombre, no olvida en especial a los que son la causa de Su Sufrimiento y Su Agonía. Él sabe que el hombre, más que de cualquier otra cosa, tiene necesidad de Amor; tiene necesidad de la Misericordia que en este momento se derrama en el mundo.

"Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43).

Así responde Jesús a la petición del malhechor que estaba a su derecha: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino" (Lc 23,42) . La promesa de una nueva vida. Éste es el primer fruto de la Pasión y de la inminente Muerte de Cristo. Una palabra de esperanza para el hombre.

A los pies de la Cruz estaba la Madre, y a su lado el discípulo, Juan evangelista. Jesús dice: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu Madre" (Jn 19,26-27). "Y desde aquella hora el discípulo La acogió en su casa" (Jn 19,27). Es el Testamento para las personas que más amaba. El Testamento para la Iglesia. Jesús al morir quiere que el Amor Maternal de María abrace a todos por los  que Él da la vida, a toda la humanidad.

Poco después, Jesús exclama: "Tengo sed" (Jn 19,28). Palabra que deja ver la sed ardiente que quema todo Su Cuerpo. Es la única palabra que manifiesta directamente su sufrimiento físico.

Después Jesús añade: "¡Dios mio, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; cf. Sal 21 [22], 2); son las palabras del Salmo con el que Jesús ora. La frase, no obstante la apariencia, manifiesta su unión profunda con el Padre. En los últimos instantes de su vida terrena, Jesús dirige su pensamiento al Padre. El diálogo se desarrollará ya sólo entre el Hijo que muere y el Padre que acepta Su Sacrificio de Amor.

Cuando llega la hora de nona, Jesús grita: "¡Todo está cumplido!" (Jn 19,30). Ha llevado a cumplimiento la obra de la Redención. La Misión, para la que vino a la tierra, ha alcanzado su propósito.

Lo demás pertenece al Padre:´"Padre, a tus manos encomiendo Mi espíritu" (Lc 23,46). Dicho esto, expiró. "El velo del Templo se rasgó en dos..." (Mt 27,51). El "santo de los santos" en el templo de Jerusalén se abre en el momento en que entra el Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.

ORACIÓN

Señor Jesucristo,
Tú que en el momento de la Agonía
no has permanecido indiferente a la suerte del hombre
y con Tu último Respiro
has confiado con Amor a la Misericordia del Padre
a los hombres y mujeres de todos los tiempos
con sus debilidades y pecados,
llénanos a nosotros y a las generaciones futuras
de Tu Espíritu de Amor,
para que nuestra indiferencia
no haga vanos en nosotros los frutos de Tu Muerte.
A Ti, Jesús Crucificado,
Sabiduría y Poder de Dios,
Honor y Gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.


LAS ESTACIONES DE LA AGONÍA DE JESÚS (10, 11 y 12)

MEDITACIONES Y ORACIONES DE SAN JOSEMARÍA 

LIBRO VÍA CRUCIS

Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate. Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables. Madre mía, Virgen Dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que Tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin en la libertad y gloria de los hijos de Dios.


DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS.
 
Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el  dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt XXVII,34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor. Luego, los soldados despojan a Cristo de sus vestidos. Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en Él nada sano. Heridas, hinchazones, llagas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite (Is I,6). Los verdugos toman sus vestidos y los dividen en cuatro partes. Pero la túnica es sin costura, por lo que dicen: —No la dividamos; mas echemos suertes para ver de quién será (Ioh XIX,24).
 
De este modo se ha vuelto a cumplir la Escritura: partieron entre sí mis vestidos y sortearon mi túnica (Ps XXI,19). Es el expolio, el despojo, la pobreza más absoluta. Nada ha quedado al Señor, sino un madero.
 
Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra.
 
Puntos de meditación
 
1.Del pretorio al Calvario han llovido sobre Jesús los insultos de la plebe enloquecida, el rigor de los soldados, las burlas del sanedrín... Escarnios y blasfemias... Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir por mi Señor, en silencio.
 
2.El Cuerpo Llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores... Por contraste, vienen a la memoria tanta comodidad, tanto capricho, tanta dejadez, tanta cicatería... Y esa falsa compasión con que trato mi carne. ¡Señor!, por tu Pasión y por tu Cruz, dame fuerza para vivir la mortificación de los sentidos y arrancar todo lo que me aparte de Ti.
 
3.A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante. Pero Dios es exigente. Pide amor de verdad; no quiere traidores. Hay que ser fieles a esa pelea sobrenatural, que es ser feliz en la tierra a fuerza de sacrificio.
 
4.Los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo —la soberbia, la sensualidad...—, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen.
 
 5.Cuando luchamos por ser verdaderamente ipse Christus, el mismo Cristo, entonces en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos —aun los más insignificantes— adquieren un alcance eterno, porque van unidos al Sacrificio de Jesús en la Cruz.

DECIMOPRIMERA ESTACION: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

Ahora crucifican al Señor, y junto a Él a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:
 
—Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).
 
Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera. Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos  y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17-18).
 
—¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).
 
Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a Tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera.
 
Puntos de meditación
 
1.Ya han cosido a Jesús al madero. Los verdugos han ejecutado despiadadamente la sentencia. El Señor ha dejado hacer, con mansedumbre infinita. No era necesario tanto tormento. Él pudo haber evitado aquellas amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos tratos, aquel juicio inicuo, y la vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la lanzada... Pero quiso sufrir todo eso por ti y por mí. Y nosotros, ¿no vamos a saber corresponder? Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un Crucifijo, se te vengan las lágrimas a los ojos. No te domines... Pero procura que ese llanto acabe en un propósito.
 
2.Amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada Crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: ...Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña...
 
3.¡Qué hermosas esas cruces en la cumbre de los montes, en lo alto de los grandes monumentos, en el pináculo de las catedrales!... Pero la Cruz hay que insertarla también en las entrañas del mundo. Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas.
 
4.Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz.
 
5.Antes de empezar a trabajar, pon sobre tu mesa o junto a los útiles de tu labor, un Crucifijo. De cuando en cuando, échale una mirada... Cuando llegue la fatiga, los ojos se te irán hacia Jesús, y hallarás nueva fuerza para proseguir en tu empeño. Porque ese Crucifijo es más que el retrato de una persona querida —los padres, los hijos, la mujer, la novia...—; El es todo: tu Padre, tu Hermano, tu Amigo, tu Dios, y el Amor de tus amores.

DECIMOSEGUNDA ESTACION: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
 

En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.
—Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).
Uno de los ladrones sale en su defensa:
—Este ningún mal ha hecho... (Lc XXIII,41).
Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:
—Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).
En verdad te digo que hoy mismo estarás Conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).
Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que Él ama, y dice a su Madre:
Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dice al discípulo:
Ahí tienes a tu Madre (Ioh XIX, 26-27).
Se apaga la luminaria del Cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:
Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).
Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:
Tengo sed (Ioh XIX,28).
Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:
Todo está cumplido (Ioh XIX,30).
El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:
Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu (Lc XXIII,46).
 Y expira. Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz.
 
Puntos de meditación
 
1.Ha exhalado el Señor su último aliento. Los discípulos le habían oído decir muchas veces: Mi alimento es hacer la Voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a Su Obra (Ioh IV,34). Lo ha hecho hasta el fin, con paciencia, con humildad, sin reservarse nada... obedeció hasta la muerte, ¡y muerte de Cruz! (Phil II,8):
 
2.Una Cruz. Un Cuerpo cosido con clavos al madero. El Costado abierto... Con Jesús quedan sólo Su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos?... ¿Y los que le aclamaron?... ¡Nadie responde! Cristo, rodeado de silencio. También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha Muerto y Resucitado. Procúrate cobijo en las Llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia.
 
3.Hay una falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas. Esos no conocen el espíritu de Cristo. Sufrió todo lo que pudo —¡y por ser Dios, podía tanto!—; pero amaba más de lo que padecía... Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo.
 
4. He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido! Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el Corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo.
 
5.De la Cruz pende el Cuerpo —ya sin vida— del Señor. La gente, considerando lo que había pasado, se vuelve dándose golpes de pecho (Lc XXIII,48). Ahora que estás arrepentido, promete a Jesús que —con su ayuda— no vas a crucificarle más. Dilo con fe. Repite una y otra vez: te amaré, Dios mío, porque desde que naciste, desde que eras Niño, te abandonaste en mis brazos, inerme, fiado de mi lealtad.

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