ESCUELA DE ORACIÓN DE JUAN PABLO II

"TOTUS TUUS"

ORACIÓN Y MEDITACIONES

ENCUENTRO 3- PRIMER DOMINGO DEL MES


MATERIAL DE APOYO PARA REFLEXIONES, MEDITACIONES Y ORACIONES, PERSONALES Y/O COMUNITARIAS

Para el Suscriptor de "El Camino de María"

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"Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas “Escuelas de Oración”» (Juan Pablo II)

La Escuela de oración de Juan Pablo II es una propuesta de meditaciones y ejercicios orientados a profundizar nuestra relación personal con Dios. Los textos presentados aquí, aunque pueden ser de ayuda para la oración individual, o bien para enriquecer la oración de distintas comunidades, están primordialmente dirigidos a los nuevos grupos de oración de Juan Pablo II. A estos grupos les proponemos un programa sencillo.

1. Vivir la oración de cada día en el espíritu del “Totus Tuus”

2. Cada semana, dedicar al menos media hora a la adoración del Santísimo Sacramento (en caso de enfermedad o dificultades – adorar la Cruz de Cristo)

3. Una vez al mes reflexionar sobre el don de la oración, mediante la lectura personal o participando en encuentros formativos de la “Escuela de oración”

4. Una vez al año hacer ejercicios espirituales, en los que se profundiza en la vida de oración; por ejemplo los organizados en la parroquia, o bien hacer la Novena a la Divina Misericordia.


La tarea más difícil es la de madurar la actitud expresada en las palabras “Totus Tuus –Soy todo Tuyo”. Es preciso, pues, asumir la diaria fatiga del trabajo sobre sí mismos, apoyándose en la adoración semanal, en la reflexión mensual y en los ejercicios espirituales anuales.

Las meditaciones y las prácticas espirituales, propuestas para cada mes, serán de gran ayuda para llevar a cabo estos compromisos. En ellas encontraremos reflexiones sobre la palabra de las Sagradas Escrituras, testimonios sobre la oración del Papa y también sus enseñanzas sobre el tema de la oración. El día indicado para esta reflexión orante y de adoración es el primer domingo de cada mes.
 

MEDITACIÓN

EL ESPÍRITU DE FILIACIÓN DIVINA QUE DEBE IMPREGNAR NUESTRA ORACIÓN

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre.» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios. (Carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 4, 4-7

Introducción

"Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: "¡Abbà!", Padre!. Así que ya no eres esclavo, sino hijo" (Gal 4, 6-7). La Iglesia lee estas palabras de San Pablo en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el 1 de enero. Esas pueden inspirarnos una reflexión sobre el tema de la oración.

El hombre puede tener una mentalidad de esclavo, que también se manifiesta en la oración. Un esclavo vive la oración como una obligación hacia su patrón. La considera un deber impuesto, y de buena gana se libra del mismo; ora con mayor fervor solamente cuando siente una gran necesidad. Es completamente distinta la actitud de aquel que lleva dentro de sí el espíritu de la filiación e invoca a Dios con todo su corazón "Abbà, Padre!". Se dirige al Padre celestial tanto en los acontecimientos gozosos como en los dolorosos. Confía en el Padre y se siente seguro, porque sabe que Él lo cuida como a un hijo. Habla con el Padre de sus propias experiencias y se deja conducir hacia una madurez cada vez mayor.

Un peligro para una situación de este tipo es el pecado. Cristo nos enseña que "aquel que comete pecado es esclavo del pecado" (Jn 8,34). Esta esclavitud se radica si el hombre permanece en pecado. En este caso no es capaz de dirigirse a Dios con libertad y decisión. Más bien se esconde, como Adán en el paraíso después de la caída. Lo alejan del Padre el miedo y una indiferencia cada vez mayor.

La liberación sobreviene de varias maneras. También en la oración. Por eso la escuela de oración también es una escuela de verdadera libertad. El Padre libera de ese espíritu de esclavo a un hijo que Le habla con sinceridad en la oración, y le concede el espíritu de filiación. Entonces el hijo desea mirar al Padre a los ojos, escuchar atentamente cada una de Sus palabras, beneficiarse de Su infinita sabiduría. Tendrá cada vez mayor confianza en Dios y experimentará su amor paternal.

REFLEXIONES SOBRE LAS ENSEÑANZAS Y LA VIDA DE JUAN PABLO II

"He tenido ocasión de observar como, a bordo del helicóptero, entre un encuentro y otro, recitaba el Rosario. Porque él oraba en distintas circunstancias, en la capilla, de viaje, haciendo excursiones por la montaña, a bordo de un avión, o mientras miraba a la gente. El orden del día de Juan Pablo II estaba compuesto por tres partes: trabajo, contactos con la gente y oración. Su oración constaba también de distintas fases. Durante la Santa Misa lo veíamos recogido en oración, inmerso en el Señor Dios. Durante la meditación y la adoración se veía que ya no era un hombre, sino que era todo oración. La oración misma" (Card. S. Nagy).

"ABBÁ", PADRE MÍO

Audiencia General Miércoles 1 de julio de 1987

Queridos hermanos y hermanas:

1. Posiblemente no haya una palabra que exprese mejor a auto-revelación de Dios en el Hijo que la palabra “Abbá-Padre”. “Abbá” es una expresión aramea, que se ha conservado en el texto griego del Evangelio de Marcos (14, 36). Aparece precisamente cuando Jesús se dirige al Padre. Y aunque esta palabra se puede traducir a cualquier lengua, con todo, en labios de Jesús de Nazaret permite percibir mejor su contenido único, irrepetible.

2. Efectivamente, “Abbá” expresa no sólo la alabanza tradicional de Dios “Yo te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la tierra” (cf. Mt 11, 25), sino que, en labios de Jesús, revela asimismo la conciencia de la relación única y exclusiva que existe entre el Padre y Él, entre Él y el Padre. Expresa la misma realidad a la que alude Jesús de forma tan sencilla y al mismo tiempo tan extraordinaria con las palabras conservadas en el texto del Evangelio de Mateo (Mt 11, 27) y también en el de Lucas (Lc 10, 22): “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo”. Es decir, la palabra “Abbá” no sólo manifiesta el misterio de la vinculación recíproca entre el Padre y el Hijo, sino que sintetiza de algún modo toda la verdad de la vida íntima de Dios en su profundidad trinitaria: el conocimiento recíproco del Padre y del Hijo, del cual emana el eterno Amor.

3. La palabra “Abbá” forma parte del lenguaje de la familia y testimonia esa particular comunión de personas que existe entre el Padre y el Hijo engendrado por Él, entre el Hijo que ama al Padre y al mismo tiempo es amado por Él. Cuando, para hablar de Dios, Jesús utilizaba esta palabra, debía de causar admiración e incluso escandalizar a sus oyentes. Un israelita no la habría utilizado ni en la oración. Sólo quien se consideraba Hijo de Dios en un sentido propio podría hablar así de Él y dirigirse a Él como Padre. “Abbá” es decir, “padre mío”, “papaíto”, “papá”.

4. En un texto de Jeremías se habla de que Dios espera que se le invoque como Padre: “Vosotros me diréis: ‘padre mío’” (Jer 3, 19). Es como una profecía que se cumpliría en los tiempos mesiánicos. Jesús de Nazaret la ha realizado y superado al hablar de Sí mismo en su relación con Dios como de Aquel que “conoce al Padre”, y utilizando para ello la expresión filial “Abbá”. Jesús habla constantemente del Padre, invoca al Padre como quien tiene derecho a dirigirse a Él sencillamente con el apelativo: “Abbá-Padre mío”.

5. Todo esto lo han señalado los Evangelistas. En el Evangelio de Marcos, de forma especial, se lee que durante la oración en Getsemaní, Jesús exclamó: “Abbá, Padre, todo te es posible. Aleja de Mí este cáliz; mas no sea lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieras” (Mc 14, 36). El pasaje paralelo de Mateo dice: “Padre mío”, o sea, “Abbá”, aunque no se nos transmita literalmente el término arameo (cf. Mt 26, 39-42). Incluso en los casos en que el texto evangélico se limita a usar la expresión “Padre”, sin más (como en Lc 22, 42 y, además, en otro contexto, en Jn 12, 27), el contenido esencial es idéntico.

6. Jesús fue acostumbrando a sus oyentes para que entendieran que en sus labios la palabra “Dios” y, en especial, la palabra “Padre”, significaba “Abbá-Padre mío”. Así, desde su infancia, cuando tenía sólo 12 años, Jesús dice a sus padres que lo habían estado buscando durante tres días: “¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Y al final de su vida, en la oración sacerdotal con la que concluye su misión, insiste en pedir a Dios: “Padre, ha llegado la hora, glorifica tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti” (Jn 17, 1). “Padre Santo, guarda en tu Nombre a éstos que me has dado” (Jn 17, 11). “Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí...” (Jn 17, 25). Ya en el anuncio de las realidades últimas, hecho con la parábola sobre el juicio final, se presenta como Aquel que proclama: “Venid a Mí, benditos de mi Padre...” (Mt 25, 34). Luego pronuncia en la Cruz sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Por último, una vez resucitado anuncia a los discípulos: “Yo os envío la promesa de mi Padre” (Lc 24, 49).

7. Jesucristo, que “conoce al Padre” tan profundamente, ha venido para “dar a conocer su nombre a los hombres que el Padre le ha dado” (cf. Jn 17, 6) Un momento singular de esta revelación del Padre lo constituye la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le piden: “Enséñanos a orar” (cf. Lc 11, 1). Él les dicta entonces la oración que comienza con las palabras “Padre Nuestro” (Mt 6, 9-13), o también “Padre” (Lc 11, 2-4). Con la revelación de esta oración los discípulos descubren que ellos participan de un modo especial en la filiación divina, de la que el Apóstol Juan dirá en el prólogo de su Evangelio. “A cuantos le recibieron (es decir, a cuantos recibieron al Verbo que se hizo carne), Jesús les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Por ello, según su propia enseñanza, oran con toda razón diciendo “Padre Nuestro”.

8. Ahora bien, Jesús establece siempre una distinción entre “Padre mío” y “Padre vuestro”. Incluso después de la Resurrección, dice a María Magdalena: “Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20, 17). Se debe notar, además, que en ningún pasaje del Evangelio se lee que Jesús recomiende a sus discípulos orar usando la palabra “Abbá”. Esta se refiere exclusivamente a su personal relación filial con el Padre. Pero al mismo tiempo, el “Abbá” de Jesús es en realidad el mismo que es también “Padre nuestro”, como se deduce de la oración enseñada a los discípulos. Y lo es por participación o, mejor dicho, por adopción, como enseñaron los teólogos siguiendo a San Pablo, que en la Carta a los Gálatas escribe: “Dios envió a su Hijo... para que recibiésemos la adopción” (Gál 4, 4 y s.; cf. S. Th. III q. 23, aa. 1 y 2).

9. En este contexto conviene leer e interpretar también las palabras que siguen en el mencionado texto de la Carta de Pablo a los Gálatas: “Y puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ‘Abbá, Padre’ (Gál 4, 6); y las de la Carta a los Romanos: “No habéis recibido el espíritu de siervos... antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ‘Abbá, Padre’” (Rom 8, 15). Así, pues, cuando, en nuestra condición de hijos adoptivos (adoptados en Cristo): “hijos en el Hijo”, dice San Pablo (cf. Rom 8, 19), gritamos a Dios “Padre”, “Padre Nuestro”, estas palabras se refieren al mismo Dios a quien Jesús con intimidad incomparable le decía: “Abbá..., Padre mío”.

 

DIOS, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA, PADRE DE JESÚS Y PADRE NUESTRO
 
Bendito seas Señor, Padre que estás en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y Redentor. Gracias, Padre bueno, por el don de este año; haz que sea un tiempo favorable, el año del gran retorno a la casa paterna, donde Tú, lleno de amor, esperas a tus hijos descarriados para darles el abrazo del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos con el traje de fiesta.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Clemente, que en este año se fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo: que los discípulos de Cristo promuevan la justicia y la paz; se anuncie a los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir su amor de predilección a los pequeños y marginados.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Justo, que este año sea una ocasión propicia para que todos los católicos descubran el gozo de vivir en la escucha de tu palabra, abandonándose a tu voluntad; que experimenten el valor de la comunión fraterna partiendo juntos el pan y alabándote con himnos y cánticos espirituales.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Misericordioso, que este año sea un tiempo de apertura, de diálogo y de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los miembros de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu Misericordia con todos.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
Padre Omnipotente, haz que todos tus hijos sientan que en su caminar hacia Ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosamente la Virgen María, icono del Amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de la Iglesia.
 
¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!
 
A Ti, Padre de la vida, Principio sin principio, suma Bondad y eterna Luz, con el Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y gratitud por los siglos sin fin. Amén.
 

(ORACIÓN  PARA LA CELEBRACIÓN DEL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000)

ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

“Mane nobiscum, Domine!”

 
Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate con nosotros! 
Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.
Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad.
En la Eucaristía te has hecho “Remedio de inmortalidad”: danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin.
Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén.

CONFERENCIA Y ENCUENTROS EN GRUPO “PADRE NUESTRO”

Muchas veces en nuestra vida nos hemos tomado el trabajo de profundizar nuestra comprensión del Padre Nuestro, para que nuestros encuentros con Dios Padre fuesen cada vez mas fructíferos. Pero bien vale la pena retomar nuevamente la meditación sobre esta oración, considerando que durante las conferencias que seguirán nos inclinaremos sobre los primeros comentarios relacionados con esta oración, que los Padres de la Iglesia compusieron en los primeros siglos del cristianismo. Considerando el límite de espacio, será una presentación breve de las principales verdades referentes a las invocaciones individuales de esta oración, registradas por los primeros escritores cristianos. Al final de cada párrafo se indicará la fuente de los pensamientos presentados.

El Señor Jesús, antes de transmitirnos las palabras de la oración del Padre Nuestro, nos trazó algunos principios, por los cuales deberemos dejarnos guiar cuando oramos. (Mt 6, 5-8). Deseaba, de este modo, en cierto sentido, verter el vino nuevo en odres nuevos (Mt 9, 17). El vino mencionado es la oración del Padre Nuestro, los odres, por otra parte, deben ser construidos de acuerdo a las normas por Él establecidas, que regulan la oración. La finalidad de la oración debe ser el encuentro con Dios y no las ansias de hacernos ver por los hombres o por mera autocomplacencia. Jesús nos exhorta a orar en nuestro propio aposento, a fin de consolidar la fe que Dios Omnipotente ve y siente en lo secreto. Más adelante nos llama la atención contra la locuacidad en la oración, que no busca profundizar la fe y reafirmar la simplicidad del corazón. En cambio, la síntesis misma de la oración del Padre Nuestro, nos sugiere la riqueza de su contenido. La Oración del Señor, en efecto, no solamente contiene las partes esenciales de una oración, o sea rendir homenaje a Dios y las súplicas del hombre, sino que también es un resumen del Evangelio, porque abarca, casi por entero, el contenido de las enseñanzas de Jesús. (Tertulliano, «Sobre la oración» ).

Aquello que Cristo llama un "aposento" no significa esconderse en una casa, sino que nos recuerda que los secretos de nuestro corazón están abiertos sólo a Él. Deberemos por tanto orar a Dios, después de haber cerrado la puerta, o sea, después de haber cerrado nuestro corazón a los malos pensamientos con la llave de la fe, y cuando silenciemos los labios, podremos hablarle a Dios con la mente pura. Dios, en efecto, escucha a la fe y no a la voz. Nuestro corazón, pues, debe estar cerrado a las insidias del enemigo, y al mismo tempo, abierto a Dios, cuyo templo somos, pues dado que Él habita en los corazones de los hombres, es Él mismo quien sostiene sus plegarias (San Cromazio di Aquileia, Sermone 40).

Gracias al Padre Nuestro (Oración del Señor), nuestro encuentro con Dios se vuelve verdaderamente amistoso y lleno de una tierna confianza, porque oramos con las palabras del mismo Cristo. Ahora el Padre celestial no solamente ve en nosotros a su Hijo, que habita en lo íntimo del corazón del hombre, sino que también escucha su palabra pronunciada por nuestros labios. Fue Jesús mismo quien anunció que cualquier cosa que pidamos al Padre en su Nombre, la recibiremos. Por eso nuestras plegarias serán aún más eficaces cuando, orando al Padre en nombre de Cristo, oremos con Su oración (San Cipriano, Sobre la oración).

Llenos del Espíritu Santo oremos a nuestro Padre en el Cielo:

 

PATER NOSTER

Pater noster, qui es in cælis, sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum. Fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.

Panem nostrum quotidianum da nobis hodie. Et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in tentationem: sed libera nos a malo.

Amen.

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Amén.


 Traducción del italiano realizado por Ljudmila Hribar (Ramos Mejia, Bs.As-Argentina)


ORACIÓN PARA IMPLORAR FAVORES

 POR INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,  te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor. El, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.  Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus santos.

Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

Con aprobación eclesiástica

CARD. CAMILLO RUINI
Vicario General de Su Santidad
para la Diócesis de Roma


Se ruega a quienes obtengan gracias por intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni in Laterano 6/A  00184 ROMA . También puede enviar su testimonio  por correo electrónico a la siguiente dirección: postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org


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Para solicitar el envío Boletín de la Postulación del Siervo de Dios Juan Pablo II, llene el formulario que está en la siguiente dirección:

http://www.vicariatusurbis.org/Beatificazione/RichiestaBollettinosp.asp


 

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