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ESCUELA DE ORACIÓN DE JUAN PABLO II
"TOTUS TUUS"
ORACIÓN Y MEDITACIONES
ENCUENTRO 5 - PRIMER DOMINGO DEL MES
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MATERIAL
DE APOYO PARA REFLEXIONES, MEDITACIONES Y ORACIONES, PERSONALES
Y/O COMUNITARIAS
Para el Suscriptor de "El Camino de María"
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«Nuestras
comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas “Escuelas
de Oración”» (Juan Pablo II)
La Escuela de
oración de Juan Pablo II es una propuesta de meditaciones y ejercicios
orientados a profundizar nuestra relación personal con Dios. Los
textos presentados aquí, aunque pueden ser de ayuda para la oración
individual, o bien para enriquecer la oración de distintas
comunidades, están primordialmente dirigidos a los nuevos grupos de
oración de Juan Pablo II. A estos grupos les proponemos un programa
sencillo.
1. Vivir la oración de cada día
en el espíritu del “Totus Tuus”
2. Cada semana, dedicar al
menos media hora a la adoración del Santísimo Sacramento (en
caso de enfermedad o dificultades – adorar la Cruz de Cristo)
3. Una vez al mes
reflexionar sobre el don de la oración, mediante la lectura
personal o participando en encuentros formativos de la “Escuela de
oración”
4. Una vez al año hacer
ejercicios espirituales, en los que se profundiza en la vida de
oración; por ejemplo los organizados en la parroquia, o bien hacer
la Novena a la Divina Misericordia.
La tarea más difícil es la de madurar la actitud expresada en las
palabras “Totus Tuus –Soy todo Tuyo”. Es preciso,
pues, asumir la diaria fatiga del trabajo sobre sí mismos,
apoyándose en la adoración semanal, en la reflexión
mensual y en los ejercicios espirituales anuales.
Las meditaciones y las
prácticas espirituales, propuestas para cada mes, serán de gran
ayuda para llevar a cabo estos compromisos. En ellas encontraremos
reflexiones sobre la palabra de las Sagradas Escrituras, testimonios
sobre la oración del Papa y también sus enseñanzas sobre el tema de
la oración. El día indicado para esta reflexión orante y de
adoración es el primer domingo de cada mes.
MEDITACIÓN
PERMITIR
QUE EL ESPÍRITU SANTO NOS CONDUZCA
En
aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó
en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía
entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan,
Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se
ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y
creed en el Evangelio.»" (San
Marcos 1, 12-15)
Introducción
La Palabra de Dios
nos dice que el Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto.
Este hecho ocurrió después del Bautismo en el Jordán, cuando el
Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. En otros
textos de la Biblia leemos que el hombre fue conducido por el Espíritu
Santo. San Pablo escribe: “en efecto, todos los que
son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Ro
8,14). Entonces el ser guiados por Él es un aspecto importante de
ser hijos de Dios.
En la reflexión de hoy queremos referir estas palabras a la oración.
Mediante la oración aprendemos a distinguir el soplo del Espíritu
Santo y a reconocer su presencia en nuestra vida. El Catecismo de la
Iglesia Católica nos recuerda: “Nadie puede decir: 'Jesús
es Señor' sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Cor
12,3). Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu
santo, quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la
oración. El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro
ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice
de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos
en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que
actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo
la oración cristiana es oración en la Iglesia. (CCC 2670. 2672).
El Papa Juan
Pablo II expresó en el Discurso a los
Jóvenes del 3
de julio de 1979:
“Tal como hizo
una vez mi padre que, al colocar en mi mano un libro, me mostró
la oración por los dones del Espíritu Santo –así yo, a quien
Ustedes también llaman “padre”-, quiero orar con los jóvenes de
Varsovia y de toda Polonia por el don de la sabiduría, por el don
del entendimiento, por el don de la ciencia, por el don del
consejo, por el don de la fortaleza, por el don de la piedad
o sea el reconocimiento del valor sagrado de la vida, de la
dignidad del hombre, de la sacralidad del alma y del cuerpo
humanos, en fin por el don del temor de Dios, sobre el cual habla
el Salmista, que es el inicio de la sabiduría (cfr. S 110) aprended
de mi esta oración, que me enseño mi padre y permaneced fieles”.
"...La
lucha con Satanás, iniciada en el desierto, prosigue durante toda
la vida de Jesús. Una de sus actividades típicas es
precisamente la de exorcista, por la que la gente grita admirada:
«Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1,
27). Quien osa afirmar que Jesús recibe este poder del mismo
diablo blasfema contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3, 22-30), pues
Jesús expulsa los demonios precisamente «por el Espíritu de
Dios» (Mt 12, 28). Como afirma San Basilio de Cesarea, con Jesús
«el diablo perdió su poder en presencia del Espíritu Santo»
(De Spiritu Sancto, 19)..."
Por último leamos el testimonio que escribe A. Boniecki en
Noticias KAI 40/2003:
“Este es un
Wojtyla, quien, al encontrarse con problemas difíciles en
su diócesis, toma su auto y se dirige a la tumba de su
bendito predecesor , Wincenty Kadłubek . No es una
visita oficial de Obispo, sino mas bien una visita de un hombre
que va a orar. Es un hombre que ora en Kalwaria y allí, solo,
en la nieve, hace el Via Crucis. Quien alejado de la curia,
recita en recogimiento el breviario. Este hombre vive de
la oración. Es necesario recordar cuando leemos sus documentos
papales que todo aquello que el escribe es resultado de su
profunda amistad con Dios y de la realidad de esta experiencia”.
A partir de esta
introducción, cada uno puede preguntarse:
*Queremos reforzar
nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo en nuestra oración y
en toda nuestra vida?
*Queremos responder cada
vez mejor a la conducción de Aquel que guió a Jesús y que ahora
guía a toda la Iglesia?
*Permitimos que el
Espíritu Santo nos conduzca en el desierto, a orar y a permanecer a
solas con el Padre?
*A
veces nos oponemos cuando Él busca conducirme por los
caminos de la santidad?
*Cual es nuestra
experiencia de la guía del Espíritu Santo?
*De qué manera
vivimos
la verdad que Él está presente en nuestra oración?
*Creemos que el Espíritu
Santo “le da una dimensión divina” a la acción del
hombre y que a través de la oración el hombre “participa de
la vida divina”?
*Quien nos ha enseñado
a cada uno la oración al Espíritu Santo?
*Cuánto nos
identificamos con
esta enseñanza?
*Volvemos a menudo
con nuestro pensamiento al Sacramento de la Confirmación que
hemos recibido?
*Se refieren también a
cada uno de nosotros las
palabras del Papa Juan Pablo II: ”aprended de mi esta oración, que me
enseño mi padre y permaneced fieles”?
*Cómo procedemos en situaciones difíciles o antes de tomar una decisión
importante? *Nos dejamos guiar por el Espíritu
Santo al Tabernáculo o a un lugar apartado?
*Estamos
preparados para una lucha con satanás que continúe durante toda la
vida, como lo fue en la vida de Jesús? O por el
contrario estamos cansado de la lucha o nos falta fe?
REFLEXIONES SOBRE
LAS ENSEÑANZAS Y LA VIDA DE JUAN PABLO II
EL
ESPÍRITU QUE DA VIDA
 Dominum
et vivificantem, 65
El soplo de la vida
divina, el Espíritu Santo, en su manera más simple y común,
se manifiesta y se hace
sentir en la oración. Es hermoso y saludable pensar que, en
cualquier lugar del mundo donde se ora, allí está el Espíritu
Santo, soplo vital de la oración. Es hermoso y saludable reconocer
que si la oración está difundida en todo el orbe, en el pasado, en
el presente y en el futuro, de igual modo está extendida la
presencia y la acción del Espíritu Santo, que «alienta» la
oración en el corazón del hombre en toda la inmensa gama de las
mas diversas situaciones y de las condiciones, ya favorables, ya
adversas a la vida espiritual y religiosa.
Muchas veces, bajo la
acción del Espíritu, la oración brota del corazón del hombre no
obstante las prohibiciones y persecuciones, e incluso las
proclamaciones oficiales sobre el carácter arreligioso o incluso
ateo de la vida pública. La oración es siempre la voz de todos
aquellos que aparentemente no tienen voz, y en esta voz resuena
siempre aquel « poderoso clamor», que la Carta
a los Hebreos atribuye a Cristo.280
La oración es también la
revelación de aquel abismo
que es el corazón del hombre: una profundidad que es de
Dios y que sólo Dios
puede colmar, precisamente con
el Espíritu Santo. Leemos en San Lucas: «Si, pues, vosotros,
siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más
el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan».281
El Espíritu
Santo es el don, que viene al corazón del hombre junto con
la oración. En ella se manifiesta ante todo y sobre todo como
el don que «viene en auxilio de nuestra debilidad». Es el rico
pensamiento desarrollado por San Pablo en la Carta
a los Romanos cuando escribe: « Nosotros no sabemos cómo pedir
para orar como conviene; mas el mismo Espíritu intercede por
nosotros con gemidos inefables».282
Por consiguiente, el Espíritu Santo no sólo hace que oremos, sino
que nos guía «interiormente» en la oración, supliendo nuestra
insuficiencia y remediando nuestra incapacidad de orar. Está
presente en nuestra oración y le da una dimensión divina.283
De esta manera, «el que
escruta los corazones conoce cual es la aspiración del Espíritu
y
que su intercesión a favor de los santos es según Dios».284
La oración por obra del Espíritu Santo llega a ser la expresión
cada vez más madura del hombre nuevo, que por medio de ella
participa de la vida divina.
Nuestra
difícil época tiene especial necesidad de la oración. Si en
el transcurso de la historia —ayer como hoy— muchos hombres y
mujeres han dado testimonio de la importancia de la oración,
consagrándose a la alabanza a Dios y a la vida de oración, sobre
todo en los Monasterios, con gran beneficio para la Iglesia, en
estos años va aumentando también el número de personas que, en
movimientos o grupos cada vez más extendidos, dan la primacía a la
oración y en ella buscan la
renovación de la vida espiritual. Este es un síntoma
significativo y consolador, ya que esta experiencia ha favorecido
realmente la renovación de la oración entre los fieles que han
sido ayudados a considerar mejor el Espíritu Santo, que suscita en
los corazones un profundo anhelo de santidad.
En muchos
individuos y en muchas comunidades madura la conciencia de que, a
pesar del vertiginoso progreso de la civilización técnico-científica
y no obstante las conquistas reales y las metas alcanzadas, el
hombre y la humanidad están amenazados. Frente a este peligro,
y habiendo ya experimentado antes la espantosa realidad de la
decadencia espiritual del hombre, personas y comunidades enteras —como
guiados por un sentido interior de la fe— buscan la fuerza que sea
capaz de levantar al hombre, salvarlo de sí mismo, de su propios
errores y desorientaciones, que con frecuencia convierten en nocivas
sus propias conquistas. Y de esta manera descubren la oración, en
la que se manifiesta «el Espíritu que viene en ayuda de nuestra
flaqueza». De este modo, los tiempos en que vivimos acercan al Espíritu
Santo muchas personas que vuelven a la oración. Confío en que
todas ellas encuentren en la enseñanza de esta Encíclica una ayuda
para su vida interior y consigan fortalecer, bajo la acción del Espíritu,
su compromiso de oración, de acuerdo con la Iglesia y su Magisterio.
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LA
PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DE JESÚS

Audiencia
General del 3 de junio de 1998
Queridos hermanos y
hermanas:
1. Otra intervención
significativa del Espíritu Santo en la vida de Jesús, después de
la de la Encarnación, se realiza en su Bautismo en el río Jordán.
El Evangelio de San Marcos
narra el acontecimiento así: «Y sucedió que por aquellos días
vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el
Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y
que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a Él. Y se oyó una
voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me
complazco”» (Mc 1, 9-11 y par.). El cuarto evangelio
refiere el testimonio del Bautista: «He visto al Espíritu que
bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él» (Jn
1, 32).
2. Según el concorde
testimonio evangélico, el acontecimiento del Jordán constituye el
comienzo de la misión pública de Jesús y de su revelación como
Mesías, Hijo de Dios.
Juan predicaba «un
bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3,
3). Jesús se presenta en medio de la multitud de pecadores que
acuden para que Juan los bautice. Éste lo reconoce y lo proclama
como cordero inocente que quita el pecado del mundo (cf. Jn
1, 29) para guiar a toda la humanidad a la comunión con Dios. El
Padre expresa su complacencia en el Hijo amado, que se hace siervo
obediente hasta la muerte, y le comunica la fuerza del Espíritu
para que pueda cumplir su misión de Mesías Salvador.
Ciertamente, Jesús posee
el Espíritu ya desde su Concepción (cf. Mt 1, 20; Lc
1, 35), pero en el Bautismo recibe una nueva efusión del Espíritu,
una unción con el Espíritu Santo, como testimonia san Pedro en su
discurso en la casa de Cornelio: «Dios a Jesús de Nazaret le
ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38).
Esta unción es una elevación de Jesús «ante Israel como
Mesías, es decir, ungido con el Espíritu Santo» (cf.
Dominum
et vivificantem, 19); es una verdadera exaltación de
Jesús en cuanto Cristo y Salvador.
Mientras Jesús vivió en
Nazaret, María y José pudieron experimentar su progreso en sabiduría,
en estatura y en gracia (cf. Lc 2, 40; 2, 51) bajo la guía
del Espíritu Santo, que actuaba en Él. Ahora, en cambio, se
inauguran los tiempos mesiánicos: comienza una nueva fase en la
existencia histórica de Jesús. El Bautismo en el Jordán es como
un «preludio» de cuanto sucederá a continuación. Jesús empieza
a acercarse a los pecadores para revelarles el Rostro misericordioso
del Padre. La inmersión en el río Jordán prefigura y anticipa el
«bautismo» en las aguas de la muerte, mientras que la voz del
Padre, que lo proclama Hijo amado, anuncia la gloria de la
resurrección.
3. Después del Bautismo en
el Jordán, Jesús comienza a cumplir su triple misión: misión real,
que lo compromete en su lucha contra el espíritu del mal; misión profética,
que lo convierte en predicador incansable de la buena nueva; y misión
sacerdotal, que lo impulsa a la alabanza y a la entrega de
Sí
al Padre por nuestra salvación.
Los tres sinópticos
subrayan que, inmediatamente después del Bautismo, Jesús fue «llevado»
por el Espíritu Santo al desierto «para ser tentado por el diablo»
(Mt 4, 1; cf. Lc 4, 1; Mc 1, 12). El diablo le
propone un mesianismo triunfal, caracterizado por prodigios
espectaculares, como convertir las piedras en pan, tirarse del pináculo
del templo saliendo ileso, y conquistar en un instante el dominio
político de todas las naciones. Pero la opción de Jesús, para
cumplir con plenitud la voluntad del Padre, es clara e inequívoca:
acepta ser el Mesías sufriente y crucificado, que dará su vida por
la salvación del mundo.
La lucha con Satanás,
iniciada en el desierto, prosigue durante toda la vida de Jesús.
Una de sus actividades típicas es precisamente la de exorcista, por
la que la gente grita admirada: «Manda hasta a los espíritus
inmundos y le obedecen» (Mc 1, 27). Quien osa afirmar
que Jesús recibe este poder del mismo diablo blasfema contra el Espíritu
Santo (cf. Mc 3, 22-30), pues Jesús expulsa los demonios
precisamente «por el Espíritu de Dios» (Mt 12, 28).
Como afirma San Basilio de Cesarea, con Jesús «el diablo perdió
su poder en presencia del Espíritu Santo» (De Spiritu Sancto,
19).
4. Según el evangelista
San Lucas, después de la tentación en el desierto, «Jesús volvió
a Galilea por la fuerza del Espíritu (...) e iba enseñando
en sus sinagogas» (Lc 4, 14-15). La presencia poderosa del
Espíritu Santo se manifiesta también en la actividad
evangelizadora de Jesús. Él mismo lo subraya en su discurso
inaugural en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16-30), aplicándose
el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre Mí» (Is
61, 1). En cierto sentido, se puede decir que Jesús es el «misionero
del Espíritu», dado que el Padre lo envió para anunciar con la
fuerza del Espíritu Santo el Evangelio de la Misericordia.
La palabra de Jesús,
animada por la fuerza del Espíritu, expresa verdaderamente su
misterio de Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14). Por eso, es la
palabra de alguien que tiene «autoridad» (Mc 1, 22), a
diferencia de los escribas. Es una «doctrina nueva» (Mc 1,
27), como reconocen asombrados quienes escuchan su primer discurso
en Cafarnaúm. Es una palabra que cumple y supera la ley mosaica,
como puede verse en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7).
Es una palabra que comunica el perdón divino a los pecadores, cura
y salva a los enfermos, e incluso resucita a los muertos. Es la
Palabra de aquel «a quien Dios ha enviado» y en quien el Espíritu
habita de tal modo, que puede darlo «sin medida» (Jn 3,
34).
5. La presencia del Espíritu
Santo resalta de modo especial en la oración de Jesús.
El evangelista San Lucas
refiere que, en el momento del Bautismo en el Jordán, «cuando Jesús
estaba en oración, se abrió el cielo, y bajó el Espíritu Santo sobre
Él» (Lc 3, 21-22). Esta relación entre la oración de
Jesús y la presencia del Espíritu vuelve a aparecer explícitamente
en el himno de júbilo: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu
Santo, y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y
de la tierra...”» (Lc 10, 21).
El Espíritu acompaña así
la experiencia más íntima de Jesús, su filiación divina, que lo
impulsa a dirigirse a Dios Padre llamándolo «Abbá» (Mc
14, 36), con una confianza singular, que nunca se aplica a ningún
otro judío al dirigirse al Altísimo. Precisamente a través del
don del Espíritu, Jesús hará participar a los creyentes en su
comunión filial y en su intimidad con el Padre. Como nos asegura
san Pablo, el Espíritu Santo nos hace gritar a Dios: «¡Abbá,
Padre!» (Rm 8, 15; cf. Ga 4, 6).
Esta vida filial es el gran
don que recibimos en el bautismo. Debemos redescubrirla y cultivarla
siempre de nuevo, con docilidad a la obra que el Espíritu Santo
realiza en nosotros.

¡VEN ESPÍRITU DE AMOR Y DE PAZ!
Oración compuesta por Juan Pablo II
Preparación al Jubileo del año 2000 dedicado al Espíritu Santo.
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¡Ven, Espíritu de Amor y
de Paz!
Espíritu Santo, dulce Huésped del alma,
muéstranos el sentido profundo del gran jubileo
y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,
en la esperanza que no defrauda,
en la caridad que no espera recompensa.
Espíritu de Verdad, que conoces las profundidades de
Dios,
memoria y profecía de la Iglesia,
dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de
Nazaret
el Señor de la gloria, el Salvador del mundo,
la culminación de la historia.
¡Ven, Espíritu de Amor y de Paz!
Espíritu Creador, misterioso artífice del Reino,
guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones
para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras
la Luz de la Palabra que salva.
Espíritu de Santidad, aliento divino que mueve el
universo,
ven y renueva la faz de la tierra.
Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,
para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género
humano.
¡Ven, Espíritu de Amor y de Paz!
Espíritu de Comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros
ordenados
colaboren juntos en la edificación del único Reino de
Dios.
Espíritu de Consuelo, fuente inagotable de gozo y de
paz,
suscita solidaridad para con los necesitados,
da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren,
acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.
¡Ven, Espíritu de Amor y de Paz!
Espíritu de
Sabiduría, que iluminas la mente y el corazón,
orienta el camino de la ciencia y de la técnica
al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras
religiones,
y que las diversas culturas se abran a los valores del
Evangelio.
Espíritu de Vida, por el cual el Verbo se hizo carne
en el seno de la Virgen, Mujer del silencio y de la
escucha,
haznos dóciles a las muestras de tu Amor
y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos
que Tú pones en el curso de la historia.
¡Ven, Espíritu de Amor y de Paz!
A Ti, Espíritu de Amor,
junto con el Padre Omnipotente
y el Hijo Unigénito,
alabanza, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén.
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ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
“Mane nobiscum, Domine!”
Como los dos discípulos
del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate con
nosotros!
Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor
de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de
la noche.
Ampáranos en el cansancio, perdona
nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes, a
los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos.
Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice
a toda la humanidad.
En la Eucaristía te has hecho
“remedio de inmortalidad”: danos el gusto de una vida
plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como
peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de
la vida sin fin.
Quédate con nosotros, Señor! Quédate
con nosotros! Amén.
CONFERENCIA Y ENCUENTROS EN GRUPO “PADRE
NUESTRO”
Reanudando la reflexión
sobre la Oración del Señor, hoy utilizaremos lo que ha escrito Juan
Pablo II sobre el Padre Nuestro en el número 32 de la
Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae:
"Después de haber
escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es
natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de
sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige
continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos
quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él:
«¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre
nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el
Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro»,
puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se
desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la
meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una
experiencia eclesial."
Llenos del Espíritu Santo oremos
a nuestro Padre en el Cielo:
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PATER NOSTER |
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Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum. Fiat
voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis
hodie. Et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos
dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in
tentationem: sed libera nos a malo.
Amen. |
Padre nuestro, que estás en
el Cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu
Reino; hágase tu Voluntad, en la tierra como en el Cielo.
Danos hoy nuestro pan de
cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la
tentación y líbranos del mal.
Amén. |
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Traducción
del italiano realizado por Ljudmila Hribar (Ramos Mejia, Bs.As-Argentina)
ORACIÓN
PARA IMPLORAR FAVORES
POR
INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al
Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la
ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del
Espíritu de Amor. Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en
la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús
Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana
ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que
imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus
santos.
Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

CARD. CAMILLO RUINI
Vicario General de Su Santidad
para la Diócesis de Roma
Se ruega a quienes obtengan gracias por
intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador
de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni
in Laterano 6/A 00184 ROMA . También puede enviar su testimonio por correo
electrónico a la siguiente dirección:
postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org
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