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ESCUELA DE ORACIÓN DE JUAN PABLO II
"TOTUS TUUS"
ORACIÓN Y MEDITACIONES
ENCUENTRO
13 - PRIMER DOMINGO DEL MES
Domingo 2 de septiembre de 2007
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MATERIAL
DE APOYO PARA REFLEXIONES, MEDITACIONES Y ORACIONES, PERSONALES
Y/O COMUNITARIAS
Para el Suscriptor de "El Camino de María"
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«Nuestras
comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas “Escuelas
de Oración”» (Juan Pablo II)
La Escuela de
oración de Juan Pablo II es una propuesta de meditaciones y ejercicios
orientados a profundizar nuestra relación personal con Dios. Los
textos presentados aquí, aunque pueden ser de ayuda para la oración
individual, o bien para enriquecer la oración de distintas
comunidades, están primordialmente dirigidos a los nuevos grupos de
oración de Juan Pablo II. A estos grupos les proponemos un programa
sencillo.
1. Vivir la oración de cada día
en el espíritu del “Totus Tuus”
2. Cada semana, dedicar al
menos media hora a la adoración del Santísimo Sacramento (en
caso de enfermedad o dificultades – adorar la Cruz de Cristo)
3. Una vez al mes
reflexionar sobre el don de la oración, mediante la lectura
personal o participando en encuentros formativos de la “Escuela de
oración”
4. Una vez al año hacer
ejercicios espirituales, en los que se profundiza en la vida de
oración; por ejemplo los organizados en la parroquia, o bien hacer
la Novena a la Divina Misericordia.
La tarea más difícil es la de madurar la actitud expresada en las
palabras “Totus Tuus –Soy todo Tuyo”. Es preciso,
pues, asumir la diaria fatiga del trabajo sobre sí mismos,
apoyándose en la adoración semanal, en la reflexión
mensual y en los ejercicios espirituales anuales.
Las meditaciones y las
prácticas espirituales, propuestas para cada mes, serán de gran
ayuda para llevar a cabo estos compromisos. En ellas encontraremos
reflexiones sobre la palabra de las Sagradas Escrituras, testimonios
sobre la oración del Papa y también sus enseñanzas sobre el tema de
la oración. El día indicado para esta reflexión orante y de
adoración es el primer domingo de cada mes.
Para
el Encuentro de este mes hemos seleccionado textos de la
Catequesis del Siervo de Dios Juan Pablo II que nos ayudarán a
reflexionar sobre LA ESPERANZA CRISTIANA, que
«por una parte, mueve al cristiano a no perder de
vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia
y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el
esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para
hacerla conforme al proyecto de Dios»
(Tertio
millennio adveniente, 46)
Al don de la esperanza «hay que prestarle una atención
particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos
hombres, y no pocos cristianos se debaten entre la ilusión y el
mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización
de sí mismo, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes
decepciones y derrotas» (
Audiencia General del 3 de julio de 1991).
"...Dios es
omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas.
Y es Él, el Dios de la Misericordia, quien enciende en mí la
confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado,
sino comprometido en un destino de salvación, que desembocará un día
en el Cielo..." (Papa
Juan Pablo I. Audiencia del miércoles 20 de septiembre de 1978)
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*Comenzaremos con
la lectura y meditación de la conclusión de la Carta Apostólica
NOVO MILLENNIO INEUNTE ("Al comenzar un nuevo
milenio") .
*Continuaremos con
la lectura y meditación del texto catequético que lleva por título:
EL ESPÍRITU SANTO, ESPERANZA QUE NO
DEFRAUDA.
*Terminaremos
con la ADORACIÓN EUCARÍSTICA y con la ORACIÓN A
DIOS, CREADOR DEL
CIELO Y DE LA TIERRA, PADRE DE JESÚS Y PADRE NUESTRO.
¡CAMINEMOS CON
ESPERANZA!
¡Caminemos con
esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano
inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de
Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor
al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista
para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos
nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar
contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que
hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y amado
ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y
haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El
mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos
a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros
tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del
Espíritu Santo, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a
partir animados por la esperanza «que no defrauda» (Rm
5,5).
Nuestra
andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida
al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada
uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos,
pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única
comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan
eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo Resucitado
nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día
«primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos
para «exhalar» sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e
iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.
Nos acompaña
en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses,
junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del
mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la
he presentado e invocado como «Estrella de la nueva evangelización». La indico aún como
Aurora luminosa y Guía segura de nuestro
camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito, evocando la voz
misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante Ella,
del cariño filial de toda la Iglesia.
59. ¡Queridos
hermanos y hermanas! El símbolo de la Puerta Santa se cierra a
nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta
viva que es Cristo. Después del entusiasmo jubilar ya no volvemos a
un anodino día a día. Al contrario, si nuestra peregrinación ha sido
auténtica debe como desentumecer nuestras piernas para el camino que
nos espera. Tenemos que imitar la intrepidez del apóstol Pablo: «Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para
alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo
Jesús» (Flp 13,14). Al mismo tiempo, hemos de imitar la
contemplación de María, la cual, después de la peregrinación a la
ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de Nazareth meditando en
su Corazón el misterio del Hijo (cf. Lc 2,51).
Que Jesús
Resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose
reconocer como a los discípulos de Emaús «al partir el pan» (Lc
24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su
Rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran
anuncio: «¡Hemos visto al Señor!»
(Jn 20,25).
Éste es el
fruto tan deseado del Jubileo del Año 2000, Jubileo que nos ha
presentado de manera palpable el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo
de Dios y Redentor del hombre.
Mientras se concluye y nos abre a un futuro de
esperanza, suba hasta el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la
alabanza y el agradecimiento de toda la Iglesia.
EL ESPÍRITU SANTO, ESPERANZA QUE NO
DEFRAUDA
Audiencia General. Miércoles
11 de noviembre de 1998
1.El Espíritu Santo, derramado «sin medida» por Jesucristo
Crucificado y Resucitado, es «Aquel que construye el Reino de
Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación
en Jesucristo (...) que se dará al final de los tiempos» (Tertio
millennio adveniente, 45). En esta perspectiva
escatológica, los creyentes están llamados a redescubrir la virtud teologal de la
esperanza, que «por una parte, mueve al cristiano a no perder de
vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia
y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el
esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para
hacerla conforme al proyecto de Dios» (ib., 46).
2.San Pablo subraya el vínculo íntimo y profundo que existe
entre el don del Espíritu Santo y la virtud de la esperanza. «La
esperanza —dice en la carta a los Romanos— no defrauda,
porque el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Sí,
precisamente el Don del Espíritu Santo, al colmar nuestro corazón
del Amor de Dios y al hacernos hijos del Padre en Jesucristo (cf. Ga 4, 6), suscita en nosotros la esperanza segura de que
nada «podrá separarnos del Amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 39).
Por este motivo, el Dios que se nos ha revelado en «la plenitud
de los tiempos» en Jesucristo es verdaderamente «el Dios de la
esperanza», que llena a los creyentes de alegría y paz,
haciéndolos «rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu
Santo» (Rm 15, 13). Los cristianos, por tanto, estamos
llamados a ser testigos en el mundo de esta gozosa experiencia, «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón
de su esperanza» (1 P 3, 15).
3.La esperanza cristiana lleva a plenitud la esperanza
suscitada por Dios en el pueblo de Israel, y que encuentra su
origen y su modelo en Abraham, el cual, «esperando contra toda
esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm
4, 18). Ratificada en la alianza establecida por el Señor con su
pueblo a través de Moisés, la esperanza de Israel fue reavivada
continuamente, a lo largo de los siglos, por la predicación de los
profetas. Por último, se concentró en la promesa de la efusión
escatológica del Espíritu de Dios sobre el Mesías y sobre todo el
pueblo (cf. Is 11, 2; Ez 36, 27; Jl 3, 1-2).
En Jesús se cumple esta promesa. No sólo es el Testigo de la
esperanza que se abre ante quien se convierte en discípulo suyo.
Él mismo es, en su Persona y en su obra de salvación, «nuestra
esperanza» (1 Tm 1, 1), dado que anuncia y realiza el Reino
de Dios. Las Bienaventuranzas constituyen la Carta Magna de
este Reino (cf. Mt 5, 3-12). «Las Bienaventuranzas elevan
nuestra esperanza hacia el Cielo como hacia la nueva tierra
prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que
esperan a los discípulos de Jesús» (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 1820).
4.Jesús, constituido Cristo y Señor en la Pascua (cf. Hch
2, 36), se convierte en «Espíritu que da vida» (1 Co 15,
45), y los creyentes, bautizados en Él con el agua y el Espíritu (cf.
Jn 3, 5), son «reengendrados a una esperanza viva» (1 P
1, 3). Ahora, el don de la salvación, por medio del Espíritu Santo
es la prenda y las arras (cf. 2 Co 1, 21-22; Ef 1,
13-14) de la plena comunión con Dios, a la que Cristo nos lleva.
El Espíritu Santo —dice san Pablo en la carta a Tito— ha
sido derramado «sobre nosotros con largueza por medio de
Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia,
fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tt
3, 6-7).
5. También según los Padres de la Iglesia, el Espíritu Santo es
«el don que nos otorga la perfecta esperanza» (san Hilario de Poitiers, De Trinitate, II, 1). En efecto, como dice
San
Pablo, el Espíritu «se une a nuestro espíritu para dar testimonio
de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos:
herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 16-17).
La existencia cristiana crece y madura hasta su plenitud a
partir de aquel «ya» de la salvación que es la vida de hijos de
Dios en Cristo, de la que nos hace partícipes el Espíritu Santo.
Por la experiencia de este don, tiende con confiada perseverancia
hacia el «aún no» y el «aún más» que Dios nos ha prometido y nos
dará al final de los tiempos. En efecto, como argumenta san Pablo,
si uno es realmente hijo, entonces es también heredero de todo lo
que pertenece al Padre con Cristo, el «primogénito de entre muchos
hermanos» (Rm 8, 29). «Todo lo que tiene el Padre es
Mío»,
afirma Jesús (Jn 16, 15). Por eso, Él, al comunicarnos su
Espíritu, nos hace partícipes de la herencia del Padre y nos da ya
desde ahora la prenda y las primicias. Esa realidad divina es la
fuente inagotable de la esperanza cristiana.
6. La doctrina de la Iglesia concibe la esperanza como una de
las tres virtudes teologales, que Dios derrama por medio del
Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Es la virtud «por
la que aspiramos al reino de los cielos y a la vida eterna como
felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de
Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios
de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 1817).
Al don de la esperanza «hay que prestarle una atención
particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos
hombres, y no pocos cristianos se debaten entre la ilusión y el
mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización
de sí mismo, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes
decepciones y derrotas» (Audiencia
General del 3 de julio de 1991).
Muchos peligros se ciernen sobre el futuro de la humanidad y
muchas incertidumbres gravan sobre los destinos personales, y a
menudo algunos se sienten incapaces de afrontarlos. También la
crisis del sentido de la existencia y el enigma del dolor y de la
muerte vuelven con insistencia a llamar a la puerta del corazón de
nuestros contemporáneos.
El mensaje de esperanza que nos viene de Jesucristo ilumina
este horizonte denso de incertidumbre y pesimismo. La esperanza
nos sostiene y protege en el buen combate de la fe (cf. Rm
12, 12). Se alimenta en la oración, de modo muy particular en el
Padrenuestro, «resumen de todo lo que la esperanza nos hace
desear» (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 1820).
7. Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de
las conciencias; es preciso cruzar juntos el umbral de la
esperanza.
En efecto, la esperanza tiene esencialmente también una
dimensión comunitaria y social, hasta el punto de que lo que el
Apóstol dice en sentido propio y directo refiriéndose a la
Iglesia, puede aplicarse en sentido amplio a la vocación de la
humanidad entera: «Un solo cuerpo, un solo espíritu, como una
sola es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef
4, 4).
ADORACIÓN DEL
SANTÍSIMO SACRAMENTO
“Mane nobiscum, Domine!”
Como los dos discípulos del
Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate con nosotros!
Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor
de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de
la noche.
Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta
nuestros pasos por la vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las
familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los
sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la
humanidad.
En la Eucaristía te has hecho “remedio de inmortalidad”: danos
el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta
tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre
hacia la meta de la vida sin fin.
Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén.
.
CONFERENCIA Y ENCUENTROS EN GRUPO “PADRE
NUESTRO”
Reanudando la reflexión
sobre la Oración del Señor, hoy utilizaremos, al igual que en el
Encuentro del mes pasado, la
ORACIÓN PARA LA
CELEBRACIÓN DEL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000.
DIOS, CREADOR DEL
CIELO Y DE LA TIERRA, PADRE DE JESÚS Y PADRE NUESTRO
Bendito seas Señor,
Padre que estás en el Cielo, porque en tu infinita Misericordia te
has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús,
tu Hijo, nacido de mujer, nuestro Salvador y Amigo, Hermano y
Redentor. Gracias, Padre Bueno, por el don del Año jubilar; haz
que sea un tiempo favorable, el año del gran retorno a la casa
paterna, donde Tú, lleno de Amor, esperas a tus hijos descarriados
para darles el abrazo del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos
con el traje de fiesta.
¡A Ti, Padre,
nuestra alabanza por siempre!
Padre clemente, que en
este año se fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo: que los
discípulos de Cristo promuevan la justicia y la paz; se anuncie a
los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir su
amor de predilección a los pequeños y marginados.
¡A Ti, Padre,
nuestra alabanza por siempre!
Padre justo, que este
año sea una ocasión propicia para que todos los católicos
descubran el gozo de vivir en la escucha de tu palabra,
abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la
comunión fraterna partiendo juntos el pan y alabándote con himnos
y cánticos espirituales.
¡A Ti, Padre,
nuestra alabanza por siempre!
Padre
Misericordioso, que este año sea un tiempo de apertura, de diálogo y
de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los miembros
de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu
Misericordia con todos.
¡A Ti, Padre,
nuestra alabanza por siempre!
Padre omnipotente, haz
que todos tus hijos sientan que en su caminar hacia Ti, meta
última del hombre, los acompaña bondadosamente la Virgen María,
icono del amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de
la Iglesia.
¡A Ti, Padre,
nuestra alabanza por siempre!
Padre de
la vida, principio sin principio, suma bondad y eterna luz, con el
Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y gratitud por los
siglos sin fin. Amén.
Llenos del Espíritu Santo oremos
a nuestro Padre en el Cielo:
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PATER NOSTER |
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Pater noster, qui es in cælis,
sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum. Fiat
voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis
hodie. Et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos
dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in
tentationem: sed libera nos a malo.
Amen. |
Padre nuestro, que estás en
el Cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu
Reino; hágase tu Voluntad, en la tierra como en el Cielo.
Danos hoy nuestro pan de
cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la
tentación y líbranos del mal.
Amén. |
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ORACIÓN
PARA IMPLORAR FAVORES
POR
INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al
Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la
ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del
Espíritu de Amor. Él, confiando totalmente en Tu infinita Misericordia y en
la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús
Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana
ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es Tu Voluntad, el favor que
imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus
santos. Padrenuestro. Avemaría. Gloria.
Se ruega a quienes obtengan gracias por
intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador
de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni
in Laterano 6/A 00184 ROMA . También puede enviar su testimonio por correo
electrónico a la siguiente dirección:
postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org
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